miércoles, 21 de octubre de 2015

LA ENFERMEDAD DEL TIEMPO

Cada vez que pasaba un avión removiendo ecos desde el cielo me daba cuenta que el tiempo pasaba, y solo pensaba en que debía hacer algo, desde mi cómoda postura de un día placido sin citas, sin costumbres o compromisos.

El olor a té con vainilla recorría los pasillos simétricos de la casa, relojes despierta horas te avisaban del paso de la tarde con la discreción habitual de parecer hacerlo desde lejos.

Estaba perdido entre dudas y recuerdos. Me di cuenta entonces de que el tiempo estaba enfermo, y de que yo no sabría curarlo. Al menos no ese cumpleaños, no por entonces. Cuando la estulta juventud no me permitía conocer los tránsitos de la experiencia.

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