martes, 28 de abril de 2015

HUESOS ROTOS

-¿Nunca has oído el sonido de tus huesos al romperse?, es como la carcajada del diablo, como si ángeles de porcelana se rompieran a tus pies mientras caminas descalzo. ¿No has sentido placer?. No hay nada en el mundo que me estremezca más y me haga feliz al mismo tiempo, escuchar el chasquido de un hueso al quebrarse, es un éxtasis inolvidable, y necesito eso de ti, ahora. Necesito que rompas uno de tus huesos, despacio o bruscamente, me es indiferente, pero necesito eso de ti y si no estás dispuesta a hacerlo en este instante, tendré que matarte.-



Estaban en un callejón apartado de la vía central, eran las diez de la noche y apenas se escuchaban gemidos de la ciudad en aquel rincón, quejidos  de coches alejándose por las sinuosas calles de aquella parte de la ciudad. Una mujer estaba acorralada en una esquina, agazapada, encogida y asustada, mientras a tres metros suyos un hombre de inmensa barba la miraba de una manera casi imposible, como si nada más hubiera en el mundo, la miraba con deseo mientras en sus manos sujetaba una maza enorme, permanecía con las piernas arqueadas y parecía poder saltar en cualquier momento sobre ella. La reclamaba algo, la reclamaba un placer oscuro, una satisfacción enferma que debía de colmar.

-Hazlo, o tendré que matarte,  lo haré de una manera que iré aplastando cada parte de ti, empezare con las grandes y terminare con las pequeñas, te haré más daño del que nunca un ser humano ha soportado y no sobrevivirás. Pero si lo haces tú, sin tan solo tú quiebras uno de tus huesos, si siento ese tremendo placer recorrer cuerpo al escucharlo, entonces vivirás.-

Ella permanecía muda, tratando de entender un momento inimaginable, ¿cómo resolver aquella situación si apenas la entendía?, aquel ser enajenado parecía inmutable, estaba claro lo que quería y no la dejaría en paz.

-Has de decidirte rápido pues no puedo esperar, lo necesito ya.-

No era capaz, estaba seguro que no podría romperse un hueso ella sola, solo de pensarlo sentía recorrer el dolor por su cuerpo, pero aquel hombre haría lo que decía, debía buscar una salida y no tenía tiempo.

El monstruo dio un paso hacia adelante, en ese momento ella con su mano izquierda sujetaba su muñeca derecha, ¿sería capaz? , si se acercaba más podría tan solo romper su muñeca, tendría fuerza para ello o debería golpearla con la esquina de la pared. Eran esas sus opciones para salvar la vida, mientras apenas las imaginaba aquel hombre delante de ella la observaba dudar y su excitación crecía, elevaba la voz dejándose llevar por un momento culminante para él, ansiaba escuchar el sonido de su muñeca al partir sus huesos.

Unos pasos rápidos se escucharon detrás de donde estaban, alguien corriendo y casi agotado llegó hasta allí, alzó la voz y le pidió que se detuviera, que dejara la maza en el suelo y se marchase. Ella miraba con ojos grandes el momento, lágrimas escapaban de sus ojos. ¿Podría salvarse?

Las manos fuertes del hombre que sujetaba la maza se alzaron, se giraron hacia aquel nuevo invasor de su gran momento, no le podía arrebatar eso, no podía, arrojo la maza brutalmente golpeándole en la cabeza, cayó al suelo desplomado. Despacio se acercó a él recogiendo su pesada arma y le volvió a golpear en la cabeza, una y otra vez mientras escuchaba con la mirada perdida como su cráneo se astillaba, se deshacía tras cada uno de los golpes. Cuando el cuerpo de su víctima yacía ya sin movilidad en el suelo, alzó de nuevo la maza y fue quebrando cada uno los huesos de aquel cadáver, mientras lo hacía sus ojos, fuera de la órbitas, trataban de archivar en su memoria cada imagen, cada recuerdo, el placer que sentía era inmenso, un orgasmo para sus sentidos.

Después de aquello se giró hacia la mujer que permanecía en la esquina, callada, con la respiración agitada y los ojos como perlas en agua y sal, no podía dejar de mirarle, pero su mirada ya no era de terror. Su mano derecha colgaba de su brazo, su muñeca estaba rota, pero el dolor estaba en otro plano, solo le miraba a él,  había logrado hacer lo que le había pedido se dejó llevar por el momento, por el éxtasis.  El despiadado asesino arrojó la maza al suelo, fue hacia ella rápidamente y la abrazó, la cubrió con su cuerpo como si fuera su protector.

Sus miradas se cruzaron, -te amo- le dijo él, ella tan solo no dejaba de mirarle, nunca había sentido tanto placer.

 – volvamos a casa- dijo ella.

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