viernes, 27 de junio de 2014

UNO, DOS, TRES.



Últimamente al salir de mi apartamento encontraba a mi vecina de diez años jugando en las escaleras, se ha convertido en algo habitual y cuando regresaba cada noche la escuchaba cantar  a través de las paredes, ella juega continuamente, salta de un escalón a otro contando hasta tres. ¡Uno, dos, tres!, ¡Uno, dos, tres!, ¡Uno, dos, tres! . Cada mañana  veo a Cristin con el uniforme del colegio y el pelo revuelto, con una voz dulce e idéntica mantiene su juego, insistente, como si no quisiera jugar a nada más, la saludo y no dice nada, mientras me alejo ordenando mis pensamientos hacia el trabajo sigo escuchando una y otra vez ¡Uno, dos , tres!.
Los primeros días fue algo especial, comprensible, pero pasan los días y sigue igual, sus ropas cada vez están más sucias y su cabello aparenta estar más enredado, es progresivo. Da la sensación de estar es una espiral obsesiva.
Hoy decidí al llegar a casa acercarme a la puerta de mis vecinos, nadie contestaba aunque se seguía escuchando el susurro de la niña, se la oía como hablaba y terminaba diciendo “uno, dos, tres”. Insistí varias veces pero no había respuesta, era ignorado. Con dudas, perturbado regrese a mi apartamento.
A la mañana siguiente me encontré de nuevo a Cristin en la escalera, jugando, con su monomanía, obcecada en una rutina infinita que no llevaba a nada, le puse la mano en el hombro, su olor era extraño y amargo, era un olor a podrido, su mirada era intensa y vacía al mismo tiempo, con un destello de desesperación. Fue posar mi mano en su cuerpecito y se desplomó inmediatamente, inconsciente en el suelo parecía dormir como si fuera una indigente, una princesa desterrada apenas con atisbos de vida en sus mejillas. Rápidamente pude ver que la puerta de su apartamento estaba abierta, la cargué en mis brazos y entré con ella, mientras la dejaba en el sofá del salón una nueva oleada de aquel hedor me llegó con sumo calor al mismo tiempo, fue como si me desnudara y dejara frío.
Lo cierto es que estaba aterrorizado por lo que pudiera pasar, la apariencia famélica y desentendida de ella indicaba que debía estar sola, que algo había pasado. Llamé al servicio de urgencias rápidamente, llegarían en breve, pero decidí mirar en las otras habitaciones de aquel dúplex mientras tanto. La cocina y el baño estaban muy sucios, como si un animal hubiera estado en ellos un buen tiempo, retozando y alimentándose de mala manera. Entonces fue cuando me dirigí al piso de arriba, al poner mi pie en el primer escalón volvió a aparecer ella, Cristin, corriendo hacia la escalera y evitando que pudiera pasar, su rostro estaba desencajado y empezó a gritar,-¡Uno, Dos, Tres!-. Sentí en sé momento miedo, su voz estaba rota y no parecía ella, no parecía ni siquiera una niña. Quise apartarla suavemente  pero me golpeó con sus manos echándome hacia atrás, miraba hacia el suelo y respiraba profundamente mientras su cabello sucio llegaba al suelo. Esperé unos segundos frente a ella, segundos llenos de sensaciones , eternos, de nuevo ella comenzó a balbucear, -uno… dos… tres… -y se inclinaba para saltar, al hacerlo aproveche el espacio que dejó y corrí escaleras arriba, solo fue otro tramo de escaleras y me detuve sujeto por la barandilla de madera, allí estaba en el suelo su madre con la cabeza abierta y una gran mancha de sangre seca en la moqueta gris, su postura era absurda y su boca estaba abierta, uno ojo estaba cerrado y el derecho abierto como si aun quisiera vigilar algo desde donde se encontrase, estaba muerta.
Volví a mirar a Cristin, y en ese momento saltó hacia mí mientras seguía con su juego y contaba en gritos, desequilibró mi postura y el apoyo que tenía en la barandilla y caí por las escaleras quedando tendido en el suelo al principio de ellas, ella se acerco sigilosamente, noté su aliento en mi rostro, sus dientes sucios y amarillentos apena dejaban pasar palabras que no entendía, “Uno…dos…tres…” y fue en ese momento cuando entendí lo que había ocurrido. Simplemente estaba jugando, como siempre lo había hecho con su madre salvo que la última vez que lo hicieron juntas el juego acabo trágicamente, con la desgracia de un mal salto, de un pie torcido, dejando el juego inacabado, sempiterno.
 Despacio la abracé fuertemente apoyando su rostro en mi pecho y yo mismo le susurré “Uno, dos, tres”, una lágrima cruzó su rostro y finalmente dejo de jugar.  

2 comentarios:

Tatiana Almanza dijo...

Sabia que era como me la habías contado... me encanto mucho

Tatiana Almanza dijo...

Me encanto mucho... Como me la imagine super

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