miércoles, 12 de marzo de 2014

EL QUESO DEL SEÑOR FRIEDICH

Hace tiempo me vi en la obligación de compartir vivienda, con un joven de mi edad y con  el señor Friedich, un alemán en torno a los cincuenta años de edad, ex militar y propietario de la casa donde vivíamos. Lo cierto es que la vida fue bastante agradable a pesar del poco dinero que recibía para acabar mis estudios, vivía agradablemente pero sin ningún tipo de lujo o exceso, nada me perturbaba ni desviaba de mis objetivos hasta el día que el señor Friedich trajo bajo su brazo la flor mas deliciosa que jamás había probado, pues ese fue un gran error por su parte, darme a degustar el maravilloso queso que había comprado llamado Flor de Antigua, semi curado y que se deshacía en la boca, un bocado de aquello era como estar en el cielo.


En el salón de la casa junto a la ventana dispuso una quesera de madera con el queso dentro, tapado por una campana de cristal, ahí a la vista dominando toda la estancia, cuando llegaba cada tarde hambriento de la facultad era lo primero que veía, y me di cuenta que además de esto era en lo primero que pensaba nada más salir de clase, mi boca se hacía agua en el camino a casa. Algo que poco a poco se fue convirtiendo en un tormento, pues nunca más me volvieron a ofrecer y resultaba carísimo para mi bolsillo.

Un día al llegar a casa decidí coger un cuchillo y cortar levente una finísima loncha de queso, como una hoja, era casi trasparente, y puede deleitarme con su sabor durante unos segundos. Fue grandioso, pero se convirtió en una costumbre. Cada día cuando llegaba comía un poco mas de aquel queso,  los cortes eran más generosos, era mi momento predilecto del día, era realmente un adicto y lo cierto es que el señor Friedich no había en absoluto percibido nada, con lo que estaba a salvo.

Transcurría un mes con mis pesquisas hasta que al regresar a casa  me encontré con que el queso se encontraba completo, redondo y hermoso pero imposible de cortar ya que era obvio que se notaria, camine varias veces por la habitación sin saber qué hacer y contuve mi adicción, no tenía otra opción.

Al día siguiente enfrente la misma situación, y resolví de la misma manera pero el ansia se apoderaba de mi, estaba obsesionado con el dichoso queso.

Al tercer día la situación era la misma pero ya no soportaba verlo y no poder deleitarme con su sabor, idee una estratagema en la que el queso era robado debido a tener la ventana abierta, el señor Friedich era muy inteligente y cuidadoso con cada cosa de la casa con lo que debía tener mucho cuidado, pero mi deseo era mayor así que cogí el queso lo guarde bajo mi cama, deje la ventana abierta y me marche de la casa para llegar después de él. En la noche nada se mencionó en la casa excepto que tuviéramos cuidado con  las ventanas. Una vez en la habitación y con un buen cuchillo me dispuse a comer del queso, y comí hasta un cuarto del mismo, sin apenas pensar en otra cosa, entonces me di cuenta que si dejaba el queso en la habitación lo podría descubrir mi arrendatario, o su hermana la cual hacía la limpieza de la casa cada mañana, pensando en este hecho y teniendo en cuenta que no podía ser descubierto tuve aún a riesgo de mi salud que comerme el queso entero, y lo disfruté un buen rato aunque no en los últimos bocados.

En la siguiente tarde al llegar a casa, de nuevo, el queso estaba completo, apenas me disgustó. pero los días siguientes se mantenía de la misma y de nuevo mi ansia era incontrolable. No podía volver a idear un plan parecido y los días lentamente pasaban, en una ocasión le sugerí al señor Friedich sobre si tenía hambre teniendo el queso detrás, pero solo obtuve una de sus sonrisas complacientes.

Me encontraba en un callejón sin salida y era incapaz de controlar lo que quería, mis deseos, mi adicción, realmente estaba desesperado.

Solo pude hacer una cosa, reuní el dinero que me quedaba, solicité algo mas prestado y fui a comprar uno de esos quesos, una Flor de Antigua, lo cierto es que para mí era un sacrificio enorme pero bien racionado tendría mi queso durante un buen tiempo, así pensé.

Según llegaba con mi queso bajo el brazo me abordó Friedich sorprendido de que llevase un queso, no supe apenas reaccionar y le mencioné que quería invitarlo, el entonces comentó que eso era espléndido ya que el que tenía en la casa era para regalar. Nos sentamos y mientras charlábamos fuimos comiendo parte del queso que había comprado, fue entonces cuando me di cuenta que el queso sabía diferente, seguía estando delicioso, pero la paz que sentía al comerlo hacía que su sabor fuera más autentico, más claro, y lo más curioso de todo era que no sentía el ansia de otras veces, así fue en adelante, se había acabado mi adicción, podía tan solo vivir en paz.

Los aprendizajes de la vida a veces son aleatorios, no podemos aprender sobre todo y siempre de la misma manera, cada persona en su camino aprende diferentes cosas y de diferente manera, solo es nuestra sabiduría la que es capaz retener lo que necesitamos.


Cuando luchamos por nuestras propias cosas, todo tiene otro sabor, y la paz que eso nos da nos lleva a saber cuánto lo necesitamos realmente.

1 comentarios:

Ale Iglesias dijo...

TODO SABE MUCHO MEJOR TU LO HAZ DICHO...LA SENSACIÓN QUE RECIBES CUANDO LUCHAS POR TUS MEDIOS ES INEXPLICABLE, AUNQUE NO SEA FÁCIL LA SATISFACCIÓN QUE RECIBES CUANDO LO CONSIGUES ES MARAVILLOSA

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