domingo, 23 de febrero de 2014

MI PRIMERA PIEL

En la primavera de la primera década tras el cumplimiento del segundo milenio y alejado este tema de mi interés, tuve instantes de felicidad.

En aquella época descansaba de un invierno helado y lleno de corrupciones en el seno familiar, lo hacía en la finca de una tía, un lugar abierto, cerca de los  campos de girasoles  en el sur de la región, era una vieja casa de estilo mozárabe donde el agua era el centro de todo manando de una fuente en el medio de un patio brotado de flores amarillas y azules, aquel patio soleaba como un reloj y marcaba las horas llegando a las habitaciones una por una, a mi me tocaba a la una del medio día más o menos coincidiendo con la llegada del almuerzo, momento mágico pues este era portado por la nueva criada de la familia, una campesina hermosa y blanca como el mármol, con la dulzura de una sonrisa llena de armonía que agradaba siempre. Con sus manos blancas como dos palomas mensajeras dejaba la bandeja de madera en la mesa de mi habitación, durante toda la primavera comí solo y fue genial pues cada vez me enamoraba mas de ella.

Una tarde escuche por los pasillos su nombre y no volví a olvidarlo.

Después de un verano de casi noventa días mi juventud había tornado sus días hacia el romanticismo excusable de un amor platónico, soñaba con su piel rodeando la mía, con caminos y caricias que nos hicieran uno, llegué a conversar con ella conociéndonos algo mas, pero siempre con la distancia de lo imposible. Recuerdo las tardes escuchando a  Listz al piano cuya música recorría todo el lugar, recuerdo la visita de la cigüeña al atardecer, o el roce de su mano algunos días al servirme.

Al final de la primavera me marché a pasar el verano con mis padres, las aguas habían vuelto a su cauce, pero en esos últimos días descubrí lo que puede doler amar de la manera que yo lo hice, un coche llegó a la finca para recogerla, se marchaba, un hombre grande la abrazó y la besó mientras la ayudaba con las maletas, me dijeron después que se iba a a casar en unas semanas.


Fue mi primer amor, y cuando se marchaba recuerdo que bajó la ventanilla de aquel viejo coche color crema mientras nuestras miradas se encontraban, discretamente dibujo con sus labios un beso, yo solo susurré su nombre una vez más. A mis quince años aquello me hizo feliz por instantes, a pesar del dramatismo de un final de accesos imposibles al encuentro de unos amantes que apenas se entendieron.

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