lunes, 6 de enero de 2014

LOS ULTIMOS DIAS DE MI VIDA



-¿Como querrías que fueran los últimos días de tu vida?-

-He pensado mucho en eso sabes, creo que me gustaría que fueran días como los demás, habituales, querría que los últimos días de mi vida fueran varios domingos encadenados donde hacer las mismas cosas que me gustan, pasear, ver alguna película, solo eso.-

Los dos hombres hablaban sentados en un banco en la calle mas empinada de la ciudad, si se dejaba caer una moneda podía rodar durante un buen tiempo. Uno era anciano y reposado, el otro era de mediana edad y ojos profundos. Fue el mayor el que comenzó a preguntarle sobre como afrontar los últimos días de su vida debido a la insistencia de su amigo en cuanto a que ya nada le quedaba por hacer en esta vida, tuvo más oportunidades que cualquiera pero fue desaprovechándolas una a una.

-¿Y de verdad estas convencido de que llegara temprano el final?-

-Ya no quedan oportunidades, y tampoco hay fuerza para tratar de buscarlas, es el momento, eso está claro.-

El viejo fumaba despacio, como si cada calada del cigarro le diera un nuevo impulso a sus pensamientos. El otro hombre solo miraba encogido hacia el cielo, se perdía una y otra vez en formulas que pudieran darle una respuesta diferente, pero lo cierto es que a sus cuarenta y cinco años había vuelto a quedarse sin dinero, sin trabajo y sin amor, una historia que se repetía transitoriamente en su vida buscando quizás, la tragedia.

Con el cigarro en la boca, el viejo de nuevo le pregunto- ¿y realmente quieres que tus últimos días sean domingos?,¿ no quieres hacer algo especial, algo bondadoso, algo único, viajar a algún lado?-

-No, solo quiero continuar como  si todo fuera bien, si hiciera algo especial en todo momento sabría qué es lo último que estoy haciendo.

-es lógico, pero si aceptas que un viejo como yo te de un consejo, te diré que hacer de tus últimos días en esta vida algo habitual no es mala idea, lo tuviste todo no hace mucho, y te hará sentir bien, pero tu error fue no apreciar lo que tenias, y que eso precisamente deberías hacer en esos últimos días, apreciar lo que tienes y cuidarlo.

-¿y cómo se hace eso cuando uno no tiene nada?

-te veo derrotado, pero rodeado de maravillas de la vida y de posibilidades.

-¿entonces,- dijo el hombre de mediana edad- me venderá el veneno que vine a comprar?

El hombre mayor le miro despacio, como el que mira un cuadro lleno de bucolismo por primera vez, después llevo su mano derecha al bolsillo de la camisa y le entrego un pequeño frasco. Tras esto le dijo:

-antes de tomarlo, en estos días que te vas a dar fíjate solo en lo mucho que tienes, en tus manos, en tu corazón, en tus creencias, en la gente que te rodea, y sobre todo con lo que puedes hacer en la vida con todo eso. Se pequeño y podrás algún día llegar a ser un gigante.

Pasaron los días mientras el hombre rendido hacía su vida habitualmente, con una única diferencia, cada atardecer se dedicaba a pensar en qué ocasiones no había valorado lo que tenía en la vida y cuáles fueron las consecuencias de ello, nefastas normalmente, pues cuando uno busca mas allá de lo que posee y lo hace desmedidamente se pierde, cuando uno no cuida lo que más ama de la forma más hermosa, va muriendo.

Aquel hombre frente a su balcón sonrió y se miró las manos, dedicó esos últimos días de sus vida a valorar cada instante, cada palabra, cada gesto, cada comida por pequeña que fuera, todo.

Después de aquello, no puedo decir si el hombre se tomó o no el veneno, dependía al fin y al cabo de si era capaz de crecer de nuevo sabiendo lo que ahora sabía, y de si sus valoraciones eran más fuertes que sus propias decepciones.

La vida está llena de encuentros, con gente, cosas, eventos, etc., la manera más eficaz de vivir feliz y seguro de todo, es la valoración adecuada de cada uno de ellos.

Ah, por último, se me olvidaba comentar algo, en mi mesa de trabajo donde escribo habitualmente hay un cajón a cada lado, en uno de ellos hay una serie de fotos y documentos que forman parte de los momentos más felices de mi vida, en el otro hay un frasco pequeño con un liquido oscuro y la etiqueta desgastada. De vez en cuando me siento allí y decido abrir uno de esos cajones mientras pienso como estoy valorando cada día de mi vida, desde hoy, desde ayer, y no sé si para siempre.

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