miércoles, 30 de enero de 2013

UNA CASA SIN PUERTA


Ayer  mientras caminaba en el estío tardío, que sombreaba discretos rincones intercalados en una verde y extensa pradera entregada a una tarde de mil colores, me encontré con una casa abandonada, al final de un camino de arena clara al que orillaba la hierba fresca, serpenteando se hacía perder el propio sendero dejándote pensar que no llevaba a ningún lugar.



Como si estuviera en un cuento de aquellos de tapas gruesas y no más de diez páginas, de esos que leía siendo infante, así miraba esa casa, hecha de piedra y con el techo de madera de roble, estuve un rato mirándola llenándome de cada detalle de aquel momento de rústica fantasía, las ventanas eran pequeñas posiblemente para poderse abrigar mas del frío, y una chimenea escribía con humo blanco en el cielo gris de una tarde que casi se perdía en la noche opaca.

Rodee la casa casi como un lobo que rodea su presa, y sentí la necesidad de entrar, de llamar a su puerta, y fue en ese momento cuando me di cuenta de algo que debió ser obvio desde un inicio, la casa no tenía puerta alguna.

Como podía ser posible si era evidente que alguien estaba dentro, me acerqué a una de sus ventanitas tratando de ver algo, pero apenas entre luces y sombras se veía nada, por ella escapaba el calor del hogar animado por el aroma de lo que parecía ser carne asada,  levantando la voz llamé varias veces tratando de buscar respuesta. Al rato, ya casi cuando me iba un hombre pequeño lograba asomarse a dicha ventana, apenas algún cabello jugueteaba en su cabeza y su nariz era la nariz de un gigante, prominente e imponte se erigía elegante y exagerada a la vez, me dio las buenas noches con una voz baja y medio escondida, apenas lo saludé empezamos a hablar del  clima, del viento, de los árboles y fue una conversación sorprendentemente interesante, de hecho aún la recuerdo como una de las más interesantes de mi vida.

Pasaron más de dos horas cuando me vi recordándole que esta semana volvería a pasar  por allí a saludarle, y entonces caí en la cuenta de que la razón por la que quise hablar con él era para preguntarle que porque su casa no tenía puerta, pero el ya se había recogido y no pude hacerlo, antes de marcharme volví a rodear la casa buscando una puerta, pero efectivamente no existía.

Regresé cada semana durante más de dos meses, y las conversaciones con él se tornaban profundas y solía después pensar sobre ellas durante días, pero lo cierto es que cada vez que me marchaba volvía a olvidar preguntarle por su puerta,  y es que según pasaba el tiempo iba deduciendo que cuando contestara a ello lo haría de una forma inteligente y me haría descubrir muchas cosas.

Llegó el invierno y durante un tiempo no pude acercarme a aquellos parajes, y cuando la primavera apenas comenzaba e iba desterrando todo el invernal manto de frío y deshielo volvía a visitar a mi amigo y esta vez tenía muy claro que era lo primero que le diría. Y así fue me planté delante de su ventana le dí las buenas tardes, y le pregunté:

-¿porqué tu casa no tiene puerta?

El se quedó unos segundos sin decir nada,  y a continuación habló.

-lo cierto es que ya no recuerdo la razón, todo lo que necesito me lo traen y realmente hace mucho tiempo que no pensaba en ello.

-Debió ser algo importante y por alguna razón lo olvidó.

-pensaré en ello y hágame usted un favor, el próximo día que vuelva deme una buena razón para colocar una puerta.

Dos semanas después regresé a aquel lugar y quedé sorprendido y aterrado a la vez por lo que vi, la casa no estaba y no había rastro de que hubiera estado nunca, anduve mirando el suelo durante un buen rato y finalmente cerca de donde debió estar la casa vi una piedra que sujetaba una nota, esta decía:

“Todos podemos o no sentirnos atrapados, unos en círculos más grandes hasta como el mismo mundo y otros en círculos más pequeños, lo importante es vivir como uno quiere a pesar de no poder salir de ese círculo”.

Cuando leí la nota me apreció absurdo, y así fue durante años, hasta que en la vida fui vislumbrando cada uno de los círculos que me limitan, pues todos de algún modo u otro vivimos en una casa sin puerta.

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