viernes, 19 de octubre de 2012

LA SILLA EN LA QUE MORI


Hace muchos años compre una silla, cuando la vi en su apariencia era muy cómoda, de esas en las que te sientas y parece que llegaste a un sitio nuevo, donde tu cuerpo flota,

imitaba sabiamente a un modelo de Luis XV aunque su tela azulada salpicada por flores de Lys era lo que más me gustaba, siempre me gusto el azul.



Los primeros días le di varias ubicaciones a la silla, estuvo en una esquina del salón, centrada en la pared lateral del salón, en mi dormitorio, y finalmente junto a la terraza pero sin que los rayos del solo pudieran apenas rozarla, me gustaba contemplar como quedaba ubicada, como se fusionaba con la decoración de mi casa, la pusiera donde la pusiera parecía dialogar con el resto de los muebles en una maravillosa sintonía.
Pasaron los días sumando semanas, y seguía encantado con mi silla nueva, pero me di cuenta que hasta entonces nunca me había sentado en ella, una silla es para eso, para sentarse. Dudaba si finalmente la sensación al sentarme en ella sería la esperada dentro de unas grande expectativas, podría no serlo y entonces dejar de ser tan hermosa a mis ojos, preferí esperar y seguir disfrutando a mi manera de la silla.

Después de varios años, pude convivir con una amante desenfadada que siempre se tumbaba en el diván mientras rompía la armonía de las tardes entonando ebria canciones francesas, ella siempre ignoro mi silla, no tuve hijos, no quise mascotas, y durante las reuniones y eventos sociales que dispuse en mi casa, la silla siempre estuvo guardada, no podía permitir que nadie se sentara en ella y exclamase sensaciones diferentes al hacerlo.
En ocasiones estoy solo y la miro fijamente, sigue como nueva, lista y dispuesta a recoger mi descanso.

Con el tiempo inexorable para mí, la piel se me ha ido secando, la espalda encorvando y mis paseos por el barrio duran horas, cada cincuenta pasos me siento y respiro profundamente en un banco de madera.
Ha pasado una eternidad desde que compre la silla, la vida me entregó hermosos momentos , otros muy duros pero finalmente llegó el momento, hoy me sentaré en ella, y lo hare porque necesito conocer su abrigo y porque no creo que después de hacerlo pueda volver a levantarme, el aire que respiro se acaba. La coloque en el exterior, en la terraza, me acerqué a ella con la misma ilusión que tuve el día que la compré, y finalmente me senté en ella.

Fueron solo segundos, los que necesité para abandonar este mundo y fueron maravillosos, aquella silla era estupenda, la mejor que podía haber comprado, mi cuerpo se perdía en un vacío lleno de letargos y poco a poco, me llevó a un descanso infinito.

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