viernes, 13 de julio de 2012

EL CAMINO DEL PINGÜINO


Solo tenía que caminar desde mi mesa hasta la salida y marcharme, con ello se acabaría mi problema, solo debía irme de aquel restaurante repleto de comensales que vociferaban solicitando postres llenos  de azúcar quemado mientras agitaban la servilleta que les colgaba del cuello. Era como estar en una pinguinera donde los graznidos de todos aquellos  animales te iban adormilando.


El agua de los ojos enormes de mi novia se había detenido, y aburridos parecían un espejo donde mirarme, esperaba que hiciera algo, algo diferente que no formase parte de la rutina de todos los días, algo que reafirmase el amor de apariencia eterna que nos teníamos desde que nos conocimos.

Mi problema era doble, quizá triple, por un lado mi novia estaba cansada de lo de siempre, necesitaba sorprenderse con alguna risa espontánea, necesitaba impulsos vitales, por otro lado estaba harto del sitio y por si fuera poco mis pantalones se habían enganchado en la puerta al entrar  y se descosieron hasta el punto que era muy difícil levantarse sin enseñar  el trasero a todos los allí presentes.

Llevábamos un rato largo sin hablar, y yo seguía envuelto en pensamientos mientras miraba al resto de personas del restaurante, comían, bebían, gritaban, sudaban, era como mirar en televisión un programa de fauna en el que mostraban los hábitos alimenticios de alguna especie en peligro de extinción, los imaginaba ir de un lado a otro como pingüinos juguetones en busca de un pescado.

Y  fue entonces cuando de repente pensé de nuevo en mí, y me vino una sola solución para todos mis problemas, me levanté despacio de la mesa y apreté las nalgas, junté los talones de los pies y arquee las piernas, al hacer esto mientras caminaba evitaba que la rotura del pantalón dejara al descubierto más de lo debido, me dirigí rápido hacia la puerta andando como si fuera un pingüino y al abrir la puerta pude escuchar como desde la mesa donde estaba sentado, mi novia soltaba una carcajada tremenda.

1 comentarios:

Juan Risueño dijo...

No es difícil combatir a la rutina, basta perder un poco el sentido del ridículo. A veces deja instantes para enmarcar jeje. Un abrazo

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