jueves, 3 de mayo de 2012

UNA MIERDA (Calles Oscuras)


El calor era asfixiante, al respirar parecía que los pulmones le fueran a arder, era como estar dentro de un horno con una cocinera inútil que se hubiera olvidado de su asado, ansiaba la llegada de la tarde y que el sol se ocultase. Me dirigía a mi próximo trabajo, sencillo esta vez, sin riesgos, solo tenía que entrar discretamente en una casa y robar el diario de la esposa de mi cliente, lo guardaba en la habitación de su hijo pequeño, ese era el encargo.


Me cruzaba con gente que parecía evaporarse entre el calor y la prisa por llegar a una sombra agradecida, la suela de mi zapato parecía pegarse al suelo en cada paso, un par de casas mas y llegaría a mi destino.

Entré por el jardín el cual estaba descuidado y me acerqué a la ventana, era el dormitorio que buscaba, la clásica habitación de adolescente, según me dijeron en el cajón de la mesilla izquierda se encontraba el diario. Parecía que el chico se estaba echando una buena siesta cubierto por una sábana, era el momento del silencio, de hacer las cosas despacio. Abrí lentamente la ventana hacia arriba, hubo suerte, la madera era tan vieja como yo pero parecía encontrarse en mejor estado, y fue como entrar en el cielo, como zambullirse de golpe en un pozo de agua fría, el aire acondicionado de la habitación me recibió como si llevase cien años en el desierto y fuera una puta que quisiera  recuperar el tiempo perdido.

Tuve que contorsionarme más de lo habitual para entrar en la habitación, una vez dentro cerré de nuevo la ventana para que el calor del infierno de aquella ciudad no llegase a cubrir toda aquella estancia. Me quedé unos segundos mirando el bulto que respiraba bajo la sábana blanca, parecía ser un chico bastante alto pero no podía verle. Paso a paso, despacio, respirando a buen ritmo me iba acercando hasta la mesilla. Se escuchaba desde no muy lejos los gritos de una mujer que culpaba a su marido de algo, parecía estar desesperada, lo cierto es que eso me traía recuerdos de mi primer matrimonio, aquella falta de armonía que después nos volvía locos cuando hacíamos el amor y la apretaba contra mí como si me fuera a traspasar. En fin, preferí olvidarme de los vecinos y centrarme en mi cometido.

Abrí el cajón de la mesilla y ahí estaba el diario, tal y como me lo describieron, atado con una cuerda, morado y grueso. Al cogerlo se abrió dejando caer unas hojas sueltas y unas fotos en el suelo, es increíble como un hombre enamorado que ya no vive con su mujer quiere hacerse daño, porque no dejar las cosas como están, dedicarse a jugar con la vida, nuevas búsquedas, rameras los jueves  y quizás dentro de un tiempo, nuevas ilusiones. Supongo que cada cual ve la vida a su manera.

Recogía las hojas caídas cuando de repente escuché una palabra, ¿realmente había escuchado eso?, venía desde la cama, nuevamente se escuchó la palabra y esta vez fue más contundente, dijo MIERDA, no quise entender las razones de lo que parecía un sueño sucio y volví sobre mis pasos hacia la ventana. Nuevamente dijo bien alto ¡MIERDA!, rápidamente quise abrir la ventana pero esta se había atascado, ahora sí que podría decir yo esa palabra, pero otra vez fue desde debajo de la sábana, ¡MIERDA, MIERDA, MIERDA!, y de un golpe la sábana salió volando dejando al descubierto al vástago de mi cliente, un gigante de casi dos metros que se levanto de un salto y me empezó a señalarme, repetía la palabra MIERDA como si la acabase de aprender el muy idiota. Si, efectivamente, me encontraba frente a un gigante retrasado que señalaba mis zapatos y gritaba con su boca escatológica la misma jodida palabra, y ahí fue cuando me di cuenta, eran mis zapatos los que estaban llenos de la mierda de algún jodido canino, debí haber perdido el olfato con aquel calor y sintiendo los zapatos derretidos bajo mis pies.

No hubo tiempo para reaccionar, parece ser que el olor que llevé a la habitación despertó al titán sin cerebro. Un golpe de sus puños desplazó mi mandíbula hasta la pared, y después con la otra mano agarró mi cuello como si su vida dependiera de hacerlo, parecía querer matarme y lo iba a conseguir. No me extraña tanta psicosis, seguro que no habría pañales para semejante bebé y pasó su infancia cagándose en cada rincón.

Me retorcí hasta llegar a mis zapatos, primero el izquierdo,  me descalcé y lo arrojé por la ventana mientras esta se rompía, después el derecho casi sin fuerzas, sin aire. La mierda ya estaba lejos, ya no podía olerla y me soltó, me miró fijamente como si supiera lo que hacía y volvió a golpearme contra el marco de la ventana, cada uno de los cristales se clavó en mi espalda rasgando la carne como si fuera un filete, realmente no tenía salida, empecé a pensar que ese sería mi fin. Un golpe más pareció partirme el pecho en dos y salí expulsado por la ventana al jardín, quería unir entonces, pero mi cuerpo no se levantaba, no me respondía.

El gigante parecía no querer salir de la casa aunque no cesaba de mirarme, una mano, otra después, conseguía arrastrarme lentamente.

Sobreviví a aquel día milagrosamente, la vecina indignada decidió abandonar a su marido y me encontró casi a la puerta de su casa, me prometió curarme si la daba un sitio donde cobijarse y así lo hice, fuimos dos víctimas huyendo del dolor.

Con el tiempo fue mi tercera mujer, hasta que un día decidí abandonarla, tenía la boca muy sucia y no paraba de decir palabras mal sonantes y lo que más odiaba es que dijeran cerca de mí la palabra “MIERDA”.

1 comentarios:

Humberto Dib dijo...

Me encantó tu relato, José, si hasta me dieron ganas de decir "mierda" cuando terminé de leerlo.
No sé si ya te lo comenté, pero me agrada que subas textos más extensos que la "política" de los blogs acepta como correctos.
Un abrazo.
HD

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