lunes, 22 de agosto de 2011

EL ARTE DE LA SUERTE

Sabiendo que la suerte no existe sino mas bien el azar entregado nuestra percepción de la vida, un día decidí hacer una prueba para observar como uno puede cambiar su destino mediante decisiones sumamente aleatorias.

Viviendo en una ciudad grande resalté en un mapa las plazas más populares, numerándoles sorteé a cual ir y así lo hice en el momento de la tarde en el que hay mucha más gente caminando, una vez allí con un libro de frases célebres en mis manos elegiría una simplemente abriéndolo en una página cualquiera y después con los ojos cerrados apuntando con el dedo. Después de esto justo a las seis de la tarde en punto a la persona que pasara delante de mí simplemente el diría la frase seleccionada y vería lo que ocurre, si esto cambiaba de alguna manera mi vida o no.

Así que con todo planeado de esta manera me senté en uno de los bordes de la plaza y mientras me servían un café llevé a cabo el experimento, y por cierto, con unos resultados tan diferentes como asombrosos.

A las seis en punto de la tarde una mujer de la costa pasó delante de mí, llevaba unas ropas llamativas y caminaba ociosa, su rostro era de los que inspiran simpatía y me acerqué rápidamente a ella, y mirándola a los ojos le dije la frase de Mark Twain que la suerte había elegido:

“Es mejor tener la boca cerrada y parecer estúpido que abrirla y disipar la duda”

La mujer morena se quedó sorprendida, mirándome con los ojos que casi se le salían de las órbitas como si fueran dos huevos cocidos, y después de unos segundos de silencio soltó una carcajada tremenda, entre risas me dijo que no creía que yo pudiera ser tan tonto como para estar callado, continuamos hablando un rato y decidió sentarse conmigo, finalmente le expliqué mi experimento y quedó asombrada e intrigada, de modo que permaneció como observadora.

A las seis y media exactas una hermosa joven con un vestido de gasa lleno de transparencias pasaba delante de mí, así que me dirigí a ella y esta vez dije una frase de Marcel Proust:

“El deseo nos fuerza a amar lo que nos hará sufrir”

Al hacerlo sus ojos me miraron intensamente y siguió su camino con sus pasos más acelerados, fue una mirada llena de sentimientos que se evaporó delante de mí, posiblemente de haber permanecido más tiempo frente a esa mujer podría haberme enamorado.

Regresé de nuevo a mi asiento mientras la mujer que me acompañada manifestaba estar divirtiéndose mucho. Un caballero de la mesa de al lado mostró interés también en lo que hacíamos así que se unió a nosotros, pensó que era un experimento de gran relevancia mientras se tomaba una cerveza bien fría.

El tercer contacto iba a ser el último del día, a las siete de la tarde y esta vez la persona que pasó delante era un anciano que lentamente disfrutaba de la tarde en la plaza mientras miraba las palomas levantado el vuelo una y otra vez, me acerqué y le dije una frase de Elbert Hubbard:

“Todo hombre es al menos tonto de remate cinco minutos al día. La sabiduría consiste en no rebasar ese límite”

Aquel hombre me miró despacio como el que contempla un cuadro, y me contestó simplemente:

“pues amigo solo puedo decirle que dispongo para escucharle de cinco minutos, no puedo darle mas”

Ante semejante respuesta mis acompañantes desparramaron sus risas por la plaza, realmente se estaban divirtiendo y empecé a notar que entre ellos se generaba una atracción relevante, así que decidí dar por terminado mi experimento y despedirme de ellos, con el compromiso de volver a intentarlo una semana más tarde.

Mientras recorría mi camino de vuelta saqué varias deducciones, obviamente todo fue azaroso hasta el extremo, pero al haber forzado dicho experimento había cambiado algo, y esto era el hecho de haber unido a otras dos personas con indiferencia del carácter o permanencia de dicha unión, con lo que nuestros actos fortuitos no han siempre de beneficiarnos o causarnos perjuicio a nosotros mismos. Tenemos la capacidad innata de modificar nuestro entorno con nuestros actos.

Hambriento y ya pensando en llegar a casa al doblar la esquina volví a encontrarme con la mujer hermosa a la que le había lanzado una frase momentos antes, sollozaba encogida en una cafetería solitaria, no pude evitar llegar a ella y saber que lo que le ocurría era que aquello que yo le había dicho le hizo pensar sobre su situación actual, insufrible, y que por ello llegó a tomar una decisión importante.

Con el tiempo y las heridas sanadas aquella mujer fue mi amante, y pronto será mi mujer.

La suerte existe, pero hay que agitarla de vez en cuando y dejar que se esparza delante de nuestros pasos, pues no hay nada programado, sigo pensando que es una actitud mental de la que fluyen nuestras acciones.

Para cambiar las cosas simplemente hay que hacer cosas diferentes.

4 comentarios:

emejota dijo...

Muy ingenioso. Me gusta comprobar la interacción entre la aletoriedad y la sincronicidad a través de los acontecimientos que surgen. Beso.

Juan Risueño dijo...

Respeto lo que dices, seguro que pasasteis unos y otros un rato divertido, pero yo creo más en el destino que en la suerte por mil y un motivos largos y difíciles de explicar. Yo creo que si no te hubieses encontrado con esa mujer en esas circunstancias lo habrías hecho en otras. Podemos alterar el modo pero no el hecho -es mi opinión-.

Un abrazo

Jose Fco. Delgado Abad dijo...

Lo importante es creer en algo Juan, porque de eseo se hace nuestra vida y es lo que conforma lo que somos. Gracias Tata por tus comentarios, y un placer verte por aqui emejota.

Danilita21 dijo...

Sabes a veces olvidamos que el mundo es algo más que el ruido de los carros, el estres de las mañanas y el mmorir de las tardes. Es asombroso tomar decisiones como esa...

el temor a lo desconocido es lo que nos impide algunas veces vivir.

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