jueves, 28 de julio de 2011

Calles Oscuras: Algodón de Azúcar

La casa estaba sucia, con el desorden de quien la ha habitado durante al menos una semana, con idas y venidas espontáneas, la cocina estaba limpia, pero apenas quedaba ya algo en los armarios que no estuviese arrojado por el resto del lugar.


Hoy vendría a mi casa ella, el “algodón de azúcar” y aunque ella me interesaba mucho tanto dentro como fuera de las sábanas no era suficiente para esforzarme y tener la casa arreglada. Hacía tiempo que me daban esas cosas igual pues normalmente el resultado que uno acaparaba al finalizar el día era el mismo.

Llamaron a la puerta y al abrir ella entró como si fuera un carruaje real pasando por el arco del triunfo, dejó su aroma en cada centímetro cúbico del aire y lo que pude respirar llenó mis pulmones de  deseo, llegó hasta la sala con pasos de gacela pero sin miedo al cazador. Vestía con un traje ejecutivo rosa pálido ceñido a su figura, de la rodilla hasta el cuello, elegante y sinuosa. Todo lo que a uno le distraía de su belleza se disipaba al mirarla a los ojos, eran radiantes, llenos de brillos infantiles. Cuando se sentó pude ver a través de una rasgadura en sus medias la piel de su muslo izquierdo, esa imperfección aún la hizo más hermosa, esa imperfección la hacía alcanzable.

Hablamos largo tiempo, y en ocasiones no la escuché, ya sabía lo que me iba a decir y prefería mirar el movimiento de sus labios y como cada palabra era exhalada mientras yo imaginaba sus besos.

Mi vida siempre estaba llena de aristas que cortaban cada ilusión, cada momento, por eso desde la primera vez que la vi me recordó al algodón de azúcar, a la paz segura de la niñez, a los momentos festivos donde el ocio de mi padre se compartía con el mío sin que acabara a golpes.

Acabó la charla y me pidió agua, puse en sus manos un gran vaso de agua fría que se llevó a los labios, quedaron húmedos y generosos, la acompañé hasta la puerta para despedirla y me quedé en medio de sus salida, tuvo que salir acercándose más a mí y entonces recordé la rasgadura de sus medias mientras aspiraba los efluvios de su perfume, su pecho chocó con el mío accidentalmente y mi rostro llegó a su mejilla, muy dentro de mí una frase me decía “cuidado que no es una de tus putas habituales”, y esta frase se repetía una y otra vez hasta que mis labios callados sellaron los suyos a la vez que una sensación de triunfo recorría todo mi cuerpo.

La gustó, su mirada ya no tenía brillos infantiles, no hubo más besos y sus pasos golpeaban con el tacón las escaleras hasta la calle. Pensé rápido, “no has dicho adiós, no te vayas”, pero ya no estaba, que sueño más hermoso.

Fue la primera visita en mucho tiempo que me hizo olvidar donde guardaba el arma.

2 comentarios:

Juan Risueño dijo...

El arma mata a veces
y a sangre fría una bonita historia
y por el simple placer.

Un abrazo

Danilita21 dijo...

Los momentos muchas veces se pierden por no intentar alcanzarlos, por matarlos antes de que amanezca...

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