viernes, 11 de febrero de 2011

Las Calles Oscuras 2: Serenna


Me levanto tarde de mi cama la cual lleva un mes con las mismas sucias sábanas, antes las solía cambiar cuando tenía noches de orgías llenas del carmín rojo de los labios carnosos de alguna zorra que se hacía la misteriosa para después cobrarme aunque fuera el taxi de vuelta. Pero desde hace un mes solo me revuelco con mis heridas y con las malditas pesadillas que me interrogan insistentemente sobre porque aún estoy vivo, o al menos eso creo.


He arrancado la hoja del calendario y no es porque me importe el paso del tiempo sino porque en el anoté la dirección del lugar de mala muerte al que he de ir esta noche, 114 Santa cruz, eso pone y debajo Serenna, ese es el contacto.

La luna está hoy más redonda que el culo de Buda mientras golpeó la suela de mis zapatos viejos en las aceras sucias de la noche, las calles de esta parte de la ciudad están retorcidas como el alma de quienes las habitan y aunque te fijes en los dichosos números siempre puedes perderte, pero como yo soy una rata enferma de esta podrida urbe, no me perderé.

Cuando llego nada me llama la atención, y eso que para cualquier otro señorito de vida fácil esta sería la excursión de la que hablaría durante años en la oficina. La fachada esta medio destrozada y en el centro un par de senos enormes exhiben una cruz en medio de ellos. Un gordo de dos metros me abre la puerta como si me conociera de toda la vida, y el caso es que es posible aunque yo no me acuerde de él, infame lugar al que entro, el ambiente esta tan cargado que apenas se puede ver tres metros más allá, la música es de las que entristecen a cualquiera hasta el suicidio, pero no es mi caso, hay tantas personas que me quieren muerto que porque quitarles la ilusión.

Busco con la mirada a mi contacto entre borrachos, salidos y mujeres rotas y finalmente decido acercarme a la mujer más hermosa de este purgatorio, ella me mira altiva pero me da igual y le pregunto por mi contacto, segundos después me deja solo diciendo que va a buscarla, eso me recordó a la última vez que vi a mi ex mujer pero aún así este lugar está más limpio de cómo lo estaba su entrepierna, siempre fue más la mujer de otros, de cualquiera. La guapa vuelve y me presenta a mi contacto, joder, siempre me toca bailar con la más fea, su cara es como un cuadro de Picasso al que le han lanzado un vaso de whisky y cuanto más trata de enseñarme su cuerpo mientras hablamos, tratando de venderme su rancia mercancía de mujer despojada, mas la desprecio. Pero solo quiero su información y entre palabras que parecen sollozos de una gata en celo me cuenta que tiene un paquete para mí que he de entregar esa misma noche en la otra punta de la ciudad, le digo que vale, que soy un animal nocturno y que llevaré aquello donde sea, necesito el jodido dinero de este trabajo aunque sea por hacer de mensajero del diablo.

Serenna se ha marchado a por el encargo, y yo estoy harto de contemplar los torpes cortejos de pusilánimes y los muslos de mujeres que no puedo saborear, no tengo paciencia con tantas heridas en mi cuerpo, cuando me quedo sin hacer nada tienden a empezar a dolerme y eso me quema como si estuviera en una hoguera. Busco a la bella que me atendió antes y le hablo de mi inquietud para que se arrastre como una serpiente a la parte trasera de aquel lugar y me la traiga aunque sea en su boca, pero no ocurre así, cuando regresa tiene el rostro desencajado como si la hubieran dado una paliza, rápidamente me pide que la siga y eso hago.

Cuando estoy dentro de las tripas de aquel lugar veo a la gente huyendo como si no quisieran ser digeridos por la crueldad de la mala vida y entonces veo a Serenna, convertida en una muñeca de trapo pero sangrando como si al final de los brazos tuviera dos ríos rojos, mientras yo perdía el tiempo en pensamientos banales, alguien la deseó como nunca nadie lo había hecho, pero su deseo era oscuro y mortal, le habían clavado un cuchillo en cada brazo dejándola incrustada en la pared, estaba muerta y a pesar de ello su rostro seguía igual, tenía un pecho fuera y en él con sangre alguien había dibujado una equis. Sus pies fríos apenas tocaban el suelo y a su lado había una caja de cartón rota y vacía, ese debía ser mi paquete aquí que lo tomé y quise marcharme de allí rápidamente, no había nada dentro pero estaba lleno de letras y direcciones, quizás allí estuvieran las señas del infierno.

Cuando me marchaba el lugar estaba vacío y curiosamente parecía más humano, la policía estaba llegando y no eran pocos, empecé a perderme por las serpenteantes calles pero antes vi como llegaban los coches de luces azules y de uno de ellos se bajó una elegante mujer, dos segundos la miré mientras daba órdenes a todos los que llegaban, era una muñeca de porcelana con pistola, y en esta vida que llevo siendo una rata de la ciudad, solo hay dos cosas que me gustan más que dispararle a un asesino y ver como revienta su cabeza, las mujeres con clase y el algodón de azúcar, por esa razón decidí aunque fuera solo para volver a verla en sueños llamarla Algodón.

4 comentarios:

La sonrisa de Hiperión dijo...

Las calles eran oscuro, y la luna iluminó lo prohibido...

Saludos y un abrazo.

Liliana G. dijo...

Como siempre, José, tu relato "se ve", se palpita, se sienten las emociones del hombre y esa "atmósfera caragada". La incertidumbre da paso a un rayo de luz: "Algodón", es quien alumbra.

Muy bueno.

Besos.

MTeresa dijo...

Un relato muy muy interesante,
un vocabulario realista y enérgico,
me gusta tu literatura.

Jose Fco. Delgado Abad dijo...

Gracias, voy probando nuevos estilos para ir descubriendo la forma de esforzarme y de llegar con mis ideas a los demás.

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