domingo, 26 de diciembre de 2010

La verdadera historia de las tarjetas de Navidad

Había un tiempo en que este era medido con relojes de arena y en un pequeño pueblo lleno de vida e ilusiones vivía una niña de cinco años con su abuela. Sus padres que eran mercaderes, hace más de un año que se habían marchado y aunque debieron haber regresado ya, no lo hicieron, todos los aldeanos pensaban que algo malo les habría ocurrido en su viaje.


Cada siete días la niña escribía una breve carta a sus padres, la abuela la cerraba en un sobre verde como la esperanza y la depositaban en una gran caja de madera que el cartero colocó en el norte del pueblo, era como un antiguo buzón de correos. Pero lo que no sabían era que el cartero hacía tiempo no acudía a esa caja ya que en el norte del pueblo apenas había ya quien residiera.

Un caudal de arena de unos cuantos años se dejó pasar por el tiempo hasta que la niña cumplió quince años, los padres nunca regresaron aunque ella siguió escribiendo cada semana una carta y depositándola en la caja de madera cerca de su casa. Su abuela estaba ya muy enferma y ella se había convertido en una jovencita a la que le encantaba leer y apreciar las delicadezas de la vida, el arte y la belleza.

Pero hubo un año que nunca se olvidará en aquel pueblo, el año que ocurrió uno de los mayores desastres y que la devastación visitó para sembrar cruelmente la muerte de gran parte de los que vivían en aquel lugar. Fue un año de mucho frío y la nieve cubría prácticamente cada nota de color dejándolo todo blanco como la nada, los alimentos empezaron a escasear y todos allí esperaban de algún modo algo divino que les rescatara de las penurias que les asolaban. Pero no fue así.

El viento se alzó en algún lugar rizando su ira y un tornado como el colmillo de un diablo comenzó a recorrer la región rasgando la blanca nieve y destrozando todo lo que había debajo de ella sin importar nada, sin importar la vida de nadie, los gritos no se escuchaban ahogados por el mismo terror y en ningún momento hubo silencio hasta el final del tormento, cuando el viento es de nuevo el aire para respirar a pesar de que queden pocos para hacerlo.

Aquel pueblo recibió el azote natural más cruel que nadie podía recibir, a la mañana siguiente acudió ayuda de otros lugares para rescatar aquellos que aún estaban vivos, más de la mitad de la población había sucumbido y los que podía contarlo se encontraban recluidos en un campamento improvisado en el norte del pueblo.

Aquella niña había sobrevivido, estaba en un rincón del campamento encogida y llorando por la pérdida de su abuela, por la pérdida de tantos, ¿a quien tendría ahora que enviar sus cartas?, a quien llorar cuando la pena es tan grande que no cabe en el pecho, que no cabe en ningún lugar.

El silencio era casi absoluto, algún sollozo oculto como una estrella fugaz en algún momento se escapaba de alguna garganta incapaz de contener la tristeza. Y una hombre mayor que estaba sentado en la nieve apretando sus puños impotente y golpeándolos en el suelo, al hacerlo descubrió algo, un sobre verde, con las manos heladas con dificultad logró abrirlo y al leer lo que allí ponía dejó esta vez que las lágrimas de brotaban de sus ojos se llevaran consigo el dolor al leer las palabras más bellas que nunca había escuchado. Otra persona revolviendo la nieve a sus pies halló otro sobre más, del mismo verde, y lo comenzó a leer , nuevamente las palabras que estaban escritas conmovieron su alma. Cada carta era breve, con unas palabras hermosas de quien buscaba a sus seres queridos y unos dibujos llenos de estrellas. Todo el mundo que estaba en el campamento comenzó a revolver la nieve a sus pies, y fueron apareciendo más y más cartas, cada una de ellas era distinta y llena de amor, la gente dejó el silencio del dolor y las lágrimas por la lectura de aquellas cartas y como cada palabra trataba de salir de sus labios para entregársela a quien tenía al lado.

La niña se dio cuenta que eran sus cartas sin apenas moverse de dónde estaba, era navidad, era diciembre, y ella esbozó una pequeña sonrisa. Las cartas que nunca viajaron tenían un destinatario ahí mismo, nunca debieron partir, y siempre recordaran que ahí estamos al ser amado, a quien nos espere y nos quiera, a quien decida compartir sus sentimientos con nosotros con la sinceridad de saber que podemos contar con ellos.

Cuenta la historia casi olvidada que desde entonces cuando la navidad llega a nosotros cada año, la gente envía a quien ama o añora una tarjeta de navidad con un texto de recuerdo y un bello dibujo al lado, y por supuesto con la esperanza de verlos pronto.

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