martes, 5 de octubre de 2010

El arpa dorada

Ayer una canción vino a mí para después dejarme tarareándote a ti con la música de otros. Y me mecí en sus notas olvidando otros menesteres, recreándome en mis sueños armónicos y sonriendo a cada paso como un bobo.


Y me imaginaba un arpa dorada en tu espalda dibujada y como yo suavemente deslizaba mis dedos para elevar de tu piel esa música atrapada, instrumento de los talentos de tu cuerpo en busca del compositor de las armónicas formas.

En el lugar de Apolo como dios de la música celestial tomo tus besos del pentagrama de tus labios, y suena cada nota dentro de una melodía nueva que se escribe para amar una vez solamente.

Instrumento de aire en tu boca, de percusión en tu pecho y de cuerda en el arpado de tu piel, entera y completa, polifónica amante desmesurada de placeres agradecidos por los sentidos en la cercanía y en la distancia del afinado que te escuche.

He colmado filarmónico cada compás que me ha llevado a saberte mi amada eterna, sin disputas en el tiempo por amantes desvalidos de gracias bien sonantes.

Postrado como un juglar sin canciones que busca la eufonía en el ritmo de tus pasos, espectador con mil oídos para que entren los ríos de tus palabras consonantes a borbotones en mi alma silenciada.

Así recuerdo la primera vez que te escuché, un poco antes de amarte, y después de no haber amado a nadie.

2 comentarios:

madison dijo...

Su existencia suena a música, a la mejor música...es muy bello lo que dices

silvia dijo...

Bonita analogía, siempre me gustaron las arpas tienen un sonido muy limpio y tranquilo

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