viernes, 6 de agosto de 2010

EL LADRÓN DE DIARIOS


Una vez conocí a un hombre que era un ladrón de diarios y llenó estanterías con decenas de ellos, obviamente nunca fueron escritos con destreza literaria pero desde luego en ellos residían cargas enormes de sentimientos. Eran tantos y tan diversos que tuvo que catalogarlos, primero estaban aquellos relatados por adolescentes llenos de perturbaciones ante el mundo cambiante y creciente en responsabilidades, después estaban los diarios de enamoradas los cuales estaban llenos de frases simples de escasa originalidad pero de tremenda intensidad, eran platónicos y apasionados. Por último estaban los diarios de personas que habían continuado escribiéndolos en su madurez, eran los más complejos y diferentes, estos tenían la profundidad de lo vivido, de lo aprendido, de la experiencia.

Aquel ladrón de diarios rondaba ya los setenta años y pasó su vida encaramándose a las ventanas y entrando en casas ajenas para obtener aquello que realmente le hacía feliz, leer los diarios de otros. Era capaz de ver el rostro de una persona y saber si escribía un diario. Su casa era de amplias estancias y sus paredes estaban recorridas con librerías de madera de roble repletas de diarios inacabados, de historias intermitentes que uno narra torpe para descargar el peso de una vida hecha por instantes.

Pero de todos los diarios que poseía, algunos extendidos por varios cuadernos, había uno de ellos sobre todos los demás que guardaba realmente como si fuera una joya. Este estaba compuesto por tres pequeños diarios de color rojo, con las pastas gruesas y sus hojas eran de diferentes colores, en cada página había dibujos que acompasaban a las palabras escritas, era armónico y hermoso, lleno de vida, de sueños…en su portada simplemente figuraba “Diario de Gigi”.

El contenido de dicho manuscrito relataba compulsivamente la historia de una mujer atormentada por encontrar algo que perdió y algo que nunca tuvo. Lo que nunca tuvo fue el amor sostenido por sus tres pilares: la amistad, la ternura y el deseo. Lo que perdió fue a una hija que dejó de ver a sus diecisiete años y a la cual nunca dejó de extrañar y buscar.

Aquellas palabras hiladas con sabiduría creciente le fascinaban, aunque lo que más le inquietaba es que dicho diario estaba sin terminar y necesitaba de una manera u otra saber de su final, leer como terminaba todo aquello. La autora no había vuelto a escribir la cuarta obra, y no residía ya en el lugar donde él los obtuvo.

Con todo ello decidió investigar cual era su paradero y la razón de haber detenido sus escritos. Al cabo de varias semanas observando, yendo y viniendo, consiguió la información de que aquella mujer debido a los achaques de su edad actualmente se encontraba en una residencia no muy lejos de la casa. Se dispuso entonces a acercarse a conocerla.

El lugar era mas bien sobrio pero se respiraba serenidad, bajo su brazo llevaba un paquete que le quería entregar a aquella mujer, sería un encuentro muy extraño ya que obviamente ella no podría saber que poseía sus diarios. Finalmente una enfermera le guió hasta su habitación.

Se sorprendió al ver una mujer mas joven de lo que creía, o al menos eso aparentaba, era bella y postrada hacia un lado miraba a través de la ventana, como si realmente no estuviera allí. Cuando el se acercó a presentarse ella le llamó por un nombre que no era el suyo, en dicha confusión vio la manera de poder hablar con ella sin que nada le delatara. Estuvieron hablando durante horas de la vida de ella, él se encontró fascinado de completar de una manera tan abrumadora lo escrito en aquellos tres cuadernos.

En un momento de la conversación y después de un gran silencio le preguntó si finalmente había llegado a encontrar el amor, con sus tres pilares, ella le contestó que lo había encontrado pero en personas diferentes, mientras alguien le dio ternura otro le entregó su amistad y pasión.

Antes de marcharse y debido a que ella estaba muy cansada por último le preguntó si había encontrado a su hija, pero ella no pudo responder y quedó dormida. Dejó junto a su cama el paquete que había llevado, en el interior había un diario de tapas rojas y hojas blancas y vacías. Al dejarlo sabía de alguna manera que ella nunca terminaría su diario, que el pulso de sus manos no volvería a escribir con aquella elegancia la historia de su vida.

Pero al irse por los pasillos de aquella residencia rodeado en pensamientos de los dibujos que decoraban del “Diario de Gigi”, por la delicadeza de sus sentimientos, y a punto de dejar que una lágrima asomara en su rostro se cruzó de nuevo con el mismo rostro que acababa de ver yacente, pero aún mas joven y fue entonces cuando comprendió que había terminado de leer aquel diario, justo en aquel instante, y en vez de una lágrima pudo esbozar la mejor de las sonrisas que nunca tuvo.

3 comentarios:

madison dijo...

Que suerte he tenido de que tu me hayas encontrado, eso ha dado paso a conocerte.
Si me lo permites me quedo por aquí leyendo, o mejor, saboreando ty disfrutando de tus escritos porque son sencillamente deliciosos.
Un abrazo

minino dijo...

emocionante, con un ritmo perfecto... creo que yo también me quedaré un tiempo disfrutando de tus escritos... cordiales maullidos desde Madrid...

Vicente Gómez Quiles dijo...

Es un placer leerte. Seguiré de cerca tu blog, como otro ladrón de diarios, pero eso sí, sin coger nada. Sólo esos incalculables momentos de bienestar y profundidad que transmiten tus fenomenales composiciones. Felicidades. Saludos cordiales.

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