miércoles, 30 de junio de 2010

Los días que llegan


Con el tacto en mis cinco dedos de la mano derecha sujetaba tu cabello anochecido, negro y enredado en mí, pero sin que me amarre a ti salvo por la belleza de tu mirada que se vuelve lenta y como dos brasas de carbón cuando dejan la última lucecita que fue fuego, para cerrarse tus párpados y dormir.

Y la paz de tu descanso es la nube de mi sueño, que me rodea y me limita para solo encontrarte a ti, para no querer ver mas allá de tu aura, del lugar donde respiras mientras llenas la nada de pensamientos benévolos hacia lo que yo he sido para ti en los últimos instantes.

He dado la vuelta al mundo de tu cuerpo y no me he cansado de viajar. He sido la cometa levantada por el viento que juguetea en el cielo dibujando formas sin dejar huella, sujeta a tu muñeca por la cuerda de tus preguntas, sujeta a ti, sin saber donde mas poder ir.

Hay días que miro hacia el horizonte sin saber que hora es, pero perdido entre la belleza natural y mi siguiente pensamiento, sin espera, anotando con cada uno de mis pasos una distancia que nunca cubriré, tratando de llenar espacios que nunca serán míos.

A tu lado a veces me siento como el sol, tratando de darte siempre el calor necesario para que no pierdas las ganas de vivir que tanta belleza te dan, a tu lado sin estar juntos, o en tu lado imaginario, solamente a tu lado visible u oculto en el entorno, para serlo todo o no ser nada.

Tengo una lágrima de plata guardada para el día que el ave de la felicidad se pose en el hombro de nuestro abrazo, es una lágrima pequeña pero con el peso de un mundo porque el día que la llore con ella se habrá ido la vida que tuve, con su alegría y su tristeza, abandonando el recuerdo por el presente colmado de tu presencia, de la inevitable felicidad que me das solamente por el hecho de existir.

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