martes, 6 de julio de 2010

En la orilla, día treinta y uno


En ocasiones uno vive dos noches seguidas que pareciera la misma, porque el día no lució lo suficiente para uno o quizás porque no abrí suficientemente los ojos para verlo.

En la orilla mía de siempre veo cambiar el horizonte como si fuera proyectado en una película que juega al manejo de mis sentimientos, con la alegría y la tristeza, con la cercanía de lo que uno ama y la distancia insalvable de lo que uno jamás volverá a ver. En mi orilla de siempre, la que fue el génesis de mi metamorfosis, el origen de mi dividida ilusión lanzada al vacío de un universo de nadie, queriendo alcanzar el otro lado del cielo, queriendo quedarse apenas sin aire donde me encontraba.

En mi orilla me deshice despacio, como desgastándome por el viento, y hasta en mi misma piel dibujé el plano de lo que sería, de lo que buscaba.

Después del tiempo vivido entre dolores y ternuras he decidido de una vez cruzar al otro lado, ahora ya que mi equipaje es liviano, casi inexistente, ahora que esta ligereza me permite casi flotar por el espumoso lomo del mar. Hoy daré el primer paso de un viaje sin retorno, seguiré la línea que me lleva a donde debo ir y en la orilla donde tanto tiempo he permanecido no dejaré huella, ni la mas remota prueba de haber estado allí.

A veces uno se siente oscuro, solo, sin nada, y en esos momentos una sonrisa de alguien es inmensa y te da un camino por donde seguir. Otras veces, uno se siente convulsionado por la felicidad y dando carcajadas como mordiscos al aire, y entonces bebe las lágrimas de otro. Hoy siento ambas cosas.

Hace unos meses empecé a escribir sobre mi orilla con la esperanza de sobrevivir. Hoy creo que lograré mucho más que eso, presiento que toda la lucha desatada en mí será para lograr que el resto de mi vida valga la pena, para mí y para otros que nunca antes estuvieron.

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