martes, 1 de junio de 2010

La mujer perfecta


No hace mucho tiempo había un hombre llamado Samuel destinado a casarse con una dama que según las costumbres de la sociedad en la que vivía estaba designada para él, como era joven e inexperto antes de tomar la decisión final debería someterse a la prueba de los seis velos, o las seis telas como otros la llamaban. En dicha prueba se trataba de ver de la manera mas precisa que la mujer elegida era la mujer perfecta para su matrimonio.

El día señalado y según las premisas de los oficios debería llevar tres cosas: ropa amplia y de color blanco con el objeto de que le fuera cómoda, el alma sana y libre de desdichas que le impidan pensar correctamente y por último los ojos lavados con té para que la vista no le engañe y pueda discernir la realidad de los engaños pasajeros de los malos espíritus.

Entró en una sala grande parecida al interior de una iglesia, con la bóveda dorada en el centro de una planta cuadrada, dieciséis columnas blancas con reflejos dorados a cada lado, en el centro de la estancia un pequeño montículo de cojines de colores vivos con pedrería de verdes esmeraldas y azules zafiros, sobre ellos una mujer desnuda, su prometida, y entre ellos dos siete telas colgaban desde el techo impidiendo la vista. Samuel se sentó al otro lado de esas telas y esperó.

Cada día una de esas telas se levantaría y dejaría ver la siguiente, si el deseaba volver el próximo día continuaría el proceso hasta aceptar apartar la última de estas telas, lo cual significaría su aceptación de contraer nupcias. Eran seis cortinas, seis pruebas tras las que deberá saber si aquella es la mujer ideal para su vida.

La primera tela era un brocado burdeos cosida con hilo de plata a modo de tapiz que dejaba ver unas palabras que decían: “Lo que das es lo que eres, nadie es mas de lo que da, sin tener grandes tesoros uno puede ser el mas rico entre todos”. Memorizó la frase y se marchó de aquel lugar. A día siguiente decidió regresar y antes de acceder en la misma puerta un anciano que le esperaba le preguntó porque volvía el segundo día, a lo que Samuel respondió: Todo lo que tengo será para mi amada, no soy dueño de mucho, pero nunca le faltará el aliento, el agua o el alimento, lo que tenga en mis manos estará en las suyas, y lo que tenga en mi corazón estará en el suyo. El anciano asintió y le abrió la puerta.

La segunda tela era un espolín azulado con motivos florales, mas de veinte flores estaban bordadas cada una era diferente, unas mas juntas y otras mas separadas, unas mas abiertas y otras mas cerradas, unas mas alegres y otras mas decaídas, una nota al pié de la alfombra donde se sentaba decía: “ ¿A que flor seguirás, que flor tomarás?, se llevó aquella nota para después quitar unas horas de sueño para dedicarlas al pensamiento de su elección. A la mañana siguiente cuando regresó la puerta estaba abierta y junto a la azulada tela se encontraba el anciano el cual le preguntó que flor era la elegida y porque razón. Samuel contestó que se quedaría con una que apartada se encontraba ligeramente cerrada, y dijo elegir esa flor porque junto a su mujer no habría otras ya que se dedicaría exclusivamente a ella, y que debido a la juventud de ambos habría tiempo para irse abriendo al mundo y conocerlo juntos. El anciano levantó la tela.

La tercera era una tela de damasco de tono ocre, y bajo ella tenía tres objetos los cuales eran unas tijeras, un quemador y un recipiente con un líquido misterioso. Debía superar esa tela usando uno de los tres objetos, junto a las tijeras una nota decía: “rásgame y podrás entrar, aunque me hieras no volverás a mirar atrás”, al lado del quemador la nota decía: “Pon tu pasión en mi recorrido, ardamos juntos sin pensar en nada más”, por último por el recipiente decía: “ Soy delicada, a veces solo me verás aunque no me tengas en tus brazos”. Samuel se fue a dormir valorando su elección. Con los primeros rayos del sol regresó intrigado y ávido, y mirando a los ojos fijos del anciano señaló el recipiente, y dijo: No elijo las tijeras porque no ansío herir a mi amada ni puedo olvidar las heridas que le haya hecho en el pasado, no elijo el fuego porque aunque es intenso solo vive en la llama y además podría quemar las otras telas, por fin elijo aquel líquido misterioso porque creo que se puede llegar al otro sin el contacto de la piel , solo contemplando el transcurso de sus días. Samuel tomó el recipiente y lo derramó en la tela, al hacerlo esta se volvió trasparente y dejo ver la siguiente. El anciano sonrió y dio paso a la cuarta tela.

A partir de esta cuarta tela se vislumbraba la silueta de la mujer, y se podía adivinar ligeramente su aspecto, ya que Samuel nunca la había visto antes. Era de un simple algodón ligero y se adivinaban levemente las formas de la dama lo cual hizo que Samuel tuviera más ansiedad de llegar al final. Esta vez la nota decía: “No tengo cuatro brazos, ni rarezas en mi cuerpo, pero no soy perfecta salvo para quien me de un beso de amor ¿Por qué querrías estar siempre a mi lado?”. Aquel día Samuel quiso meditar todo profundamente, pues alguna duda le asaltaba, todo aquello le había hecho pensar demasiado y se notaba algo perdido, como las costumbres le impedían hablar con nadie sería el mismo quien debía de discernir lo que realmente quería de lo que no.

Al regresar nuevamente el anciano esperaba, y acercándose a él le dijo: Se que quiero estar con alguien para el resto de mi vida porque el amor que siento me llevará a ello, y por el mismo amor será siempre bella a mis ojos aun cuando la vejez nos desgaste y nos haga andar encorvados, la veo hermosa sin verla plena y me late el corazón mas fuerte, he dudado porque he temido por un instante que tras mi elección el amor no resultase, pero he vuelto para ser valiente. El anciano lentamente se dirigió a la tela de algodón y se detuvo por un instante, finalmente la retiró.

La quinta tela era un lino bastante transparente, ya casi se podían ver las mejillas de la joven formando sus rostro, el cabello largo que cubría sus hombros y la curva de su postura. En esta ocasión el mensaje al pie de la misma decía: “quien vigila es su señor, el guardián es el creador, en la familia has de creer y nada deberás temer”.

La mañana siguiente fue de lluvias, y de frío tembloroso llegó al encuentro de la joven, como siempre esperando se encontraba en un lado esta vez aquel anciano de pelo blanco. Samuel se acercó hasta donde se encontraba y le dijo: Señor os pido disculpas por no haberme dado cuenta antes, deciros que para mí la familia de ella será la mía, y los míos los suyos, nuestros hijos tendrán el cobijo de todos ellos y os honraré pues ahora sé que sois el padre de mi amada. El anciano cubrió a Samuel con un manto abrigándole del frío, y dijo: Caliéntate y relájate hijo mío, pues la prueba ya esta llegando a su fin y debéis tomar una sabia decisión, el último velo os espera y debéis responder en el momento, en estos días mucho aprendisteis, lo importante ahora es si con lo que sabéis podéis tomar la elección final.

Samuel se acercó frente al último de los velos, como una cortina de agua la seda permitía una visión bastante clara de la joven, sus ojos eran de verde fuego, en sus labios quietos se adivinaban tesoros, a la vista su piel era blanca como la nata y emanaba un aroma de jazmín que le envolvía en una nube de calidez, era hermosa en verdad, su desnudez era un sueño para un millón de noches de placer, tras sus senos firmes y llenos se escondía un corazón que latía fuerte y joven, que a borbotones daba intensidad a su mirada, la cual estaba fija en el rostro de Samuel. Una nota develaba: “Con solo una pregunta finalmente haz tu elección”.

Debería realzarle una sola pregunta y ante la respuesta decidir si permanecería a su lado o no. Formular dicha pregunta le llevó a Samuel más de tres horas, pues debía elegirla cuidadosamente y lo que ella dijera alimentaría su amor, o por el contrario podría extingirlo. Era difícil estar sereno ante aquel ángel de dulces formas, pero lo logró.

Samuel preguntó: ¿Por qué me seguirías en la vida y porque razón dejarías de hacerlo?

Hubo un silencio de apenas unos segundos y ella con una voz susurrada contestó: Te seguiría porque serías mi marido y dejaría de hacerlo si no lo fueras.

El se quedó sentado como una estatua durante apenas unos diez minutos, respirando el aroma del jazmín, después se levantó y se marchó de aquel lugar sin levantar la última de las telas, dejando que el envoltorio de la seda se llevase sus ilusiones.

Al marcharse volvió la cabeza hacia ella, y con el anciano al lado con sus últimas palabras dijo: En mi vida quiero a mi lado a alguien que me quiera por lo que soy y no por aquello que seré, las palabras, la belleza, las canciones de amor, todo con el tiempo queda en el olvido, todo menos aquello que desde siempre llevamos dentro, la esencia de lo que realmente somos. Solo alguien que me ame por eso permanecerá siempre a mi lado fiel como un compañero eterno.

3 comentarios:

Perla A dijo...

Cómo me gustaría que todos los hombres fueran cómo el protagonista de tu cuento...bueno cada uno con sus prioridades.
Saludos!

Jose Fco. Delgado Abad dijo...

Posiblemente Perla, haya mas de los que se ven a simple vista.

minino dijo...

hermoso, bien escrito, descriptivo, y te hace pensar... y aprender también... cordiales maullidos desde Madrid...

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