lunes, 14 de junio de 2010

Bogota encendida


Como un cristal quebrado son los mil caminos que crecen en distancia desde la ciudad, que te llevan a paramos de sombras cálidas, a pueblos que con el tiempo se han ido haciendo cercanos, a aguas dulces de ríos enredados y salvajes que resuenan entre árboles altos de copas verdes.

La primera vez que subí a los cerros de Bogota observé una llanura extensa como el mismo cielo y en ella un caballo indomable que era la ciudad trotando por cada pasto, por cada vereda donde hubiera vida o un llanero entregado al trabajo. Y me imaginé entonces poder cabalgar con dicho caballo dejando las riendas al viento, bebiendo de la lluvia que sorprende apareciendo en el cielo con nubes que como gigantes deformes te calan hasta los huesos con cada gota que dejan caer.

La ciudad como un corcel de hermosas líneas, de potentes patas que con el sonido de los truenos golpean el suelo y guerrero de crines largas y negras rompe la quietud del paisaje dejando al galope la fuerza de un carácter de hierro, de una forma de amar la naturaleza misma como se ama un país.

Bogota se enciende en la tarde avivada por llamas del orgullo cuando el día parece detenerse para dar un descanso hacia la noche y el músculo agotado del trabajo vuelve al hogar llevando el pan a una mesa llena de sonrisas o a una mesa llena de sueños. La ciudad duerme con un ojo abierto como la luna llena, te cuida con la caricia del silencio para que te hagas fuerte cada día.

Saltarín, trotón, he seguido a ese caballo cada vez más grande, le he hecho señas para llamarlo y de mi mano ha comido, rápidamente se vuelve a marchar e incansable se lleva tu aliento a otro lugar.

A veces camino cerca del suelo y otras me elevo hacia el horizonte que persigo, aquí en este lugar me mezclo con la tierra del sendero que recorro, como parte del alma de una tierra que se comparte.

Esta es una ciudad llena de manos, manos que no te señalan, manos blancas, manos suaves y manos curtidas, tantas manos como estrellas en la noche y cada una de ellas te ofrece algo, son manos que te mecen, que no te retienen, que te abrigan.

Seguiré aprendiendo aquí donde estoy de quien me encuentre, como un alumno en busca de maestros mudos que con la mirada te lo enseñen todo. Seguiré abarcando con mis brazos tu cintura mientras bailamos la música que me entrega tus pensamientos, y haré de mi un recuerdo liviano para mis sentidos llenos de tanto por lo que despertar cada día, por lo que volver a abrir los ojos.

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