domingo, 30 de mayo de 2010

En la orilla, día treinta


Hay veces que el llanto es pesado, y lágrimas como piedras caen al suelo, pero después no me siento más ligero.

Hoy me sorprendí viéndome en el rebote visual de un espejo y el cristal de mi ventana, no esperaba verme y me encontré extraño, como si faltara algo, como si la vida se me fuera yendo y nada me hubiera avisado.

Ya tu figura es solo humo y solo respiro aire puro, el aire de otros pulmones que me susurran lo que quiero escuchar.

A veces el llanto te ahoga como si unas manos fuertes de agua te apretasen la garganta y entonces descargas tu pena en sollozos silenciosos o con el sonido de una vocal inexistente que se escapa de tu pecho, de tu alma.

Tengo en mi orilla nombrada las armas que me defienden y tengo las herramientas para ser el ingeniero de mi futuro, tengo la piel llena de recuerdos de donde estuve, de quien ame y de quien quise amar y no pude.

En ocasiones me invade el cansancio de reconstruirme una y otra vez, de no mantener la solidez de la esperanza, pero sobre todo de temerla a ella, a la que siempre he odiado y he tratado de espantar de mi entorno, a la amarga soledad.

A lo largo de mi vida he perdido tantos abrazos por no saber a quien dárselos, por no estar atento y abrir los brazos.

Hoy no llevo nada a ningún lado, no soy portador de ninguna semilla y no busco el Edén, solo duermo aferrado al lecho del olvido esperando que se abra la puerta y un golpe de aire fresco me de una razón para seguir caminando.

Soy como aquella baldosa que sobresale en la acera y hace caer a los despistados, a los que tienen prisa y saben donde van.

Cada día cuando duermo muero, pero al día siguiente no he renacido. Cada día cuando duermo tengo la ilusión que en mi despertar alguien me dé el abrazo que me haga olvidar todos los demás que nunca tuve.

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