jueves, 29 de abril de 2010

La ambición desmedida


Una frase atribuida a Buda dice de la siguiente manera: “El mundo está lleno de dolor que genera sufrimiento. La raíz del sufrimiento es el deseo. Si quieres arrancarte esa clase de dolor, tendrás que arrancarte el deseo “.

De impacientes llenos de ambición se enriquece este mundo de bases económicas, pero mas se enriquece el mismo Diablo de la ambición desmedida, de la consecución de las cosas por el medio que fuere para alimentar una comodidad y un a imagen nunca merecida.

La ambición sin freno, aquella que forma parte de la vida de uno y de su conducta, es gran parte del impedimento para obtener la felicidad humana, y más aún puede llegar a empobrecer y destruir la buena naturaleza del hombre, sus nobles sentimientos.

Uniendo caminos y destinos he conocido gente sometida a la ambición que había perdido la sensibilidad en sus manos para acariciar con amor a quien ya apenas puede querer. Uno puede dejar de oler los aromas encubiertos de la vida, puede dejar de ver las sorpresas y regalos de cada día. Uno puede haber perdido todos aquellos valores humanos que nos hacen ser buenos, aquellos con los que uno sana las desgracias de los otros.

La parte mas oscura de todo esto es que nunca esta ambición desbocada completa la existencia de nadie realmente, pocas veces se consigue lo ambicionado y cuando se tiene uno se da cuenta que su existencia está absolutamente agujereada por los efectos de la falta de atención hacia otras cosas.

Se puede probar una gota de ambición en los labios para llegar a metas marcadas dentro de los parámetros de una vida basada en principios y moralidades apropiadas, pero nunca se ha de sucumbir y entrar en un túnel sin fin tras una luz que ni siquiera da calor, para perder la posibilidad de ver todo lo que hay alrededor de uno.

En ocasiones dicha ambición es la savia de un árbol genealógico familiar que lleno de nidos de perdedores busca el éxito fácil, que pierde de nuevo pero de otra manera.

Se puede terminar creyendo que uno duerme en una cama de diamantes, cuando al fin y al cabo lo hace en una cama de piedras.

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