martes, 13 de abril de 2010

En la orilla, día veintinueve


Las campanas del orgullo cesaron y no dejaron resonantes ecos en el espacio esta vida que continúa siempre en al borde del precipicio de las decisiones. En la orilla en la que me encuentro hay ciudades deshabitadas por quienes ya partieron hacia sus confines deseados, solo me encuentro después de elegir un camino de tantos, uno solo que deje la impaciencia atrás, que extinga las perturbaciones que atormentan las consecuencias de lo elegido.

Hoy siento el pulso de mi sangre precipitado, lanzado hacia el futuro de los siguientes tres segundos, rápido me bebo mi tiempo en jarras grandes de licores que quieren hacerme olvidar el ayer.

La desmesura de un abrazo que entregué hoy me ha dado la pauta de mis sentimientos, los cuales creía invernados y solo estaban contenidos en pensamientos circulares.

No hay promesas que nadie me haya hecho desde hace tiempo a las que dé credibilidad, no creo en casi nada y no porque no lo necesite para darme un lugar en el universo, sino porque la realidad siempre me abrumó aunque a veces la evitase.

Mientras los días continúan hay quien busca un final, hay quien quiere vivir su vida con capítulos decisorios, como si fuera un libro de pequeñas historias, yo soy así. Pero la vida nunca se detiene y donde creíste colocar un final, no lo hay, cada una de las pequeñas historias de la vida continúan inexorables y avanzan, y si no estuviste atento es posible que se vuelvan dañinas.

Trato de entrelazar todas las líneas de mi vida en una, pero no creo que lo consiga, tal vez emule el hacerlo y esto haga mis días mas livianos, pero siempre estarán ahí las múltiples formas de mi existencia cada una de ellas reclamando su parte de mí.

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