martes, 2 de marzo de 2010

Un primer paso en Bogota


El aire huele a canela y una mujer se viste y desviste agitando la vaporosa tela de su falda que posando frescura en sus muslos deja en el espacio la forma de caminar de una bailarina que va a algún lado, de una reina en su reino.

La ciudad alegre se abre mostrando sus adentros que se me hacen diferentes, colores renombrados y extendidos en sus calles llenas de gente tostada vistiendo tonalidades afrutadas. Soy el inquilino anónimo de una ciudad extensa junto a cerros frondosos que recortan el cielo de unas estaciones cálidas, soy el paseante discreto que mira y aprende de cada esencia y de cada instante, que aprecia despacio un arco iris de aromas desordenados que van entrando en mí.

La ciudad se hace la extraña pero no puede, no es tímida y se deja recorrer jugueteando con nuevas vistas desde cada esquina para ofrecerte un poco mas de ella, para mostrase hermosa por instantes, y misteriosa en otros momentos.

Puertas cerradas y puertas abiertas todas invitan a pasar abriendo sus candados resguardando la comodidad de un país de contrastes, cerraduras doradas y cerraduras de madrea vieja, todas ocultan su valor, lo guardan aferradas ante el extraño visitante.

Y en la calle se mezcla la ingenuidad con el sabor de la papaya, el ir y venir de los negocios florecientes de un resurgir que no abruma, que va despacio y se deja llevar mientras de aprendizajes se llenan los ávidos, los espabilados.

Mi llegada fue lenta y despacio vi poco, pero de poco en poco lo contemplaré todo hasta saber más de los misterios de la ciudad, de lo que no enseña a golpe de vista y lleva dentro.

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