jueves, 11 de marzo de 2010

La colina


Siempre hubo una colina de pico alto y destacado cerca del lugar en el que nací, una que dividía las mañanas en dos y en las tardes según pasaba el sol dejaba el medio día por occidente y la noche llegando por el oriente. Y desde que alcanzo a recordar las primeras imágenes habidas de esa colina en mi memoria se que siempre la quise subir, llegar a lo mas alto de ella.

Siendo un infante no tenía fuerzas para alcanzar apenas medio recorrido del camino invisible hacia lo alto de la colina, cubría mas las distancias con la imaginación pero mis delgadas piernas se fatigarían antes de llegar. Según fui abandonando la niñez mi cuerpo fue guardando fuerzas para marchar en un día decidido hacia aquel lugar aparentemente tan lejano, desde el cual podría contemplar de un solo vistazo todos los sitios donde había ido transcurriendo mi vida. Pero no lo hice.

Me tuve que marchar lejos, muy lejos y durante tanto tiempo que no sabía cuando volvería, y desde donde estaba recordé en muchas ocasiones esa colina, como un sueño de nebulosas formas, intangible e imposible.

El curso de la vida no me gratificó con lo deseado y a las puertas de la senectud quise volver al lugar donde despegó mi juventud, ya no había nadie allí que me esperase, y realmente desconocía el camino, lo había olvidado. Por lo que decidí ir a mi ciudad natal y elevarme en cada colina, desde aquella que viera mi hogar de infancia sabría que habría alcanzado esa meta tan buscada en mi vida.

Fueron días de esperanza donde mi cuerpo agotado se dejaba en los trayectos parte de las derrotas de una vida desorientada, vi parajes que nunca sospeché podrían haber estado tan cerca, escuché personas sensatas que aconsejaban en los caminos con certeras palabras.

Finalmente en una tarde fría donde el sol se llevaba sus últimos y cálidos rayos al horizonte, llegué a una cima discreta de una colina cosida por un tren de ocioso recorrido donde turistas llenaban las memorias de sus cámaras con imágenes que recordar. En primer instante mi vista se perdió muy lejos y lentamente enfocó la falda de la montaña, un movimiento ocular mas me llevó a mi niñez, a los lugares familiares de los inicios de un mundo al que no me aferré. Bucólico mi respirar subió por mi garganta tratando de emular las voces con las que soñaba estar ahí, no podía por que el látigo del tiempo había llenado mi espalda de cicatrices, todas cerradas pero imborrables.

Las horas helaron mi piel pero no lo noté hasta que decidí marcharme, mi meta estaba lograda a destiempo pero estaba cubierta, era la hora de seguir avanzando, me sentía solo en aquel lugar pero lo mas impresionante es que no fue así, cuando giré mi rostro hacia un lado vi a una mujer exhalando su calor con suspiros al vacío, su cabello blanco y liso parecía la luna peinada. La observé unos segundos sin decir nada y al girarme del todo para marcharme quede absorto al observar que tras de mí decenas de personas en aquella tardía hora entregaban sus miradas a la distancia.

La vida no es una derrota si uno no pierde sus objetivos, nuestra falta de eternidad nos ha de llevar a la sabiduría de vivir cada momento con el éxito de existir, y mejor aún si lo es en compañía de lo que amamos y de quien amamos. No hay que olvidar que uno nunca esta solo, y que hasta los sentimientos mas íntimos son compartidos en la humanidad de muchos.

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