domingo, 14 de marzo de 2010

En la orilla, día veintiocho


Soy una bola de fuego lanzada que con el tiempo perderá su calor, va quemándose y perdiendo su fuerza mientras deja una huella de brasas por donde pasa.

A veces hago una pregunta al aire de todos y hallo mas de diez respuestas, mas de cien incluso, pero ninguna me satisface, ninguna acompaña mis pensamientos los cuales se encuentran perdidos en un laberinto inmenso del que salir depende mi vida.

Hay manos que me ayudan en estos días que voy descubriendo tierras remotas, donde todo lo que miro es nuevo, me ayudan a ser, a recorrer puentes que aunque no lleven a ningún lado forman parte de una enseñanza que me abruma.

Tengo las alas rotas y sanarán con el tiempo, mas de lo que quizás pensé en un momento determinado, tendré que llorar auroras frías con el hielo adherido a mi piel y dolerá como duele la soledad de mi cama vacía, de no poder levantar el vuelo a dónde mi alma arropa sus penas.

Solo tengo una lágrima que llorar en este año adverso, solo es una, que asoma en el rostro en ocasiones y que la furia de mi decisión la detiene, no la deja descender de mis ojos al vacío de la calma, aún no ha de llegar ahí porque he de estar despierto y preparado para afrontar con avidez cada segundo de una vida sin orden.

La incertidumbre me colma de ansiedades y llena mi tiempo de paseos circulares, es el momento de abandonar los sueños y crecer en la realidad, solo deseo esa oportunidad que me permita dejar las oníricas desdichas y formar el núcleo de la verdad con los que quiero.

Hoy mi alma es de dos, y los dos sufren la impaciencia del día mas buscado en mi orilla, donde las noches y los días forman los eslabones de una cadena que me rodea y me impide respirar.

Hoy entiendo a quien se aferraba a la esperanza sin dormir, sin vivir, y entiendo que mi esperanza late deprisa, cada vez mucho mas deprisa.

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