martes, 23 de febrero de 2010

En la orilla, día veintisiete


Los demonios se aferraban a mi vida cómoda, la rutinaria manera de existir con la misma foto cada día que pasa colapsando mis ideas y mis revueltas creativas. Pero ya no.

Doy el salto que me lleva mas lejos, donde los cielos calientan los recién nacidos de una tierra que se bendice con agua y sangre, tan lejos de mis delicadas raíces, al otro lado del mundo donde con el tiempo sabré si realmente quiero estar.

Gira la vida en una peonza de madera que empieza a ser vieja y tener golpes de ayer, gira medio loca y medio perdida pero sigue girando con fuerza, vivaz y sin temblores. Gira cada instante a mí alrededor como si fuera el centro de un carrusel que no quiere cesar.

Tengo el cuerpo encogido, en tensión, para extenderme en un salto impecable que me lleve a ese punto buscado donde apuesto parte de mi vida en un arrebato de buenas intenciones. Salto, voy hacia ti recorriendo la piel de tus brazos y juntando mi pecho al tuyo, dejando mi aliento en tus labios. Salto con miedo de saber que llegaré pero con la incertidumbre de un retorno.

Mañana seré de otro lugar como si fuera entregado por azar, como si de aire fueran mis huesos y estaré bajo el mismo cielo que siempre han estado mis sueños, que alumbran como faros en la niebla de un único mar por el que me dejo llevar.

A donde voy el tiempo se entierra como un difunto sin nombre, al que nadie le llora y al que solo mi recuerdo añora.

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