lunes, 15 de febrero de 2010

En la orilla, día veintiseis


El apego es la ilusión de que las cosas son permanentes, la resistencia al cambio y la no aceptación de que las cosas no son permanentes.

No quiero lastres en mi alma, no quiero cadenas cortas o largas que limiten mis pasos hacia donde esta vez quiera ir, quiero mis alas extendidas y preparadas para volar allí donde mis metas renovadas residan, donde las cosas que me retienen sean olvidadas y se me permita vivir la vida sin amarres a barcos cuya bodega esta llena de la falta del olvido.

Los días pasan en mi orilla lentos como gigantescos árboles que caen, pues voy perdiendo mi apego a los bienes materiales del final de esta etapa de mi vida, y ese proceso es lento aunque me ilusiona pensar los que adquiriré en mi nuevo mundo, pues nos hace parecer enriquecidos el tener cosas y tratar de no ver que no somos eternos, que a ninguna parte iremos después de esta vida y menos con equipaje.

Quien no se ata a nada deberá cuestionarse quien es, y eso puede ser para muchas personas un hecho terrible pues evaden su identidad proyectándose en las cosas que tienen, verse vacío para muchos que lo tienen todo debe ser un acto terrible.

Tengo el cuerpo lleno de cicatrices por cada objeto del que me deshice pues lo llevaba atado a mi cuerpo, pero auque mi piel muestre desinterés, tengo el alma limpia y mis ilusiones intactas. Otros pueden presumir de la tersura de una piel hermosa pero es en el alma donde tienen cosidas sus inquietudes sobre lo que no pudieron alcanzar.

Cuando la vida llegue a su fin, nada importa, porque lo que hace que la vida sea bella es el día a día y la maravillosa forma que tenemos de vivir cada instante, cada momento, amando y amándonos.

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