miércoles, 3 de febrero de 2010

En la orilla, día veinticuatro


El día de hoy huele a chicle con sabor a fresa, son tantos los nuevos proyectos que se avecinan que me encuentro entero, renovado, “in-dividuum” o lo que es lo mismo irrepetible como nunca lo he sido.

Estoy en la busqueda de mi propia identidad feliz, de saber que todo marcha según debe, saber que quien soy es quien debo ser y no el otro que algunos inventaron, ni quiero ser héroe ni mártir en mi vida pero seré todo si es necesario y mi propia existencia lo pide.

Cuando me he rehecho a mí mismo en estos días, algunos grises y otros acaramelados, he debido tener en cuenta todo lo que me rodeaba, las auténticas formas de mis méritos y deméritos, de mi propia historia y mis congéneres.

Pero de todas las cosas que me han ido formando he tenido también que tomar direcciones apropiadas, y esas han sido las de mirar a los otros, la de ser para otros con la empatía y armonía necesaria para no perderme.

Lo que realmente andaba buscando era mi dignidad, algo que cada uno lleva consigo y es más importante que cualquier otra obra humana hecha, porque es realmente las múltiples formas de mi libertad y de mi inteligencia.

Hoy me encuentro lleno del que me lee, porque para el escribo, de ti ave inspirada cuya dignidad es la mas grande de todas las habidas, hoy es un día de praderas de glaucos colores y de sonrisas de niños campeadores que como el viento agitan la hierba de los confines.

Hoy vuelve a ser el principio de unos tiempos dichosos, de la evocación de la dama de mis sueños para nombrarla un día mas entre murmullos y cantos alegres, hoy quería solo hablar de dignidad, de la tuya, que es mas grande que la de tantos como puedo haber conocido.

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