domingo, 7 de febrero de 2010

En la orilla, día veinticinco


En la mañana de hoy hacía frío, tanto que me encogió y me dejó al tamaño de un niño y me reflejé en los cristales de mi ventana alentándolos con soplos de calor y así nublando mi visión, pues al fin y al cabo lo que está en frente de donde vivo ya lo tengo muy visto.

Según fue avanzando la mañana entregada al mediodía me vi aún mas niño porque nunca como hoy fue mas certera mi decisión de desandar ciertos caminos andados, de volver atrás dirían los pesimistas, de avanzar por nuevos senderos serpenteados y difíciles para los que ni siquiera tengo guía, solo las fuerzas que me restan y un viejo canasto de huevos para renovarlas durante un largo trecho.

En la tarde del día de hoy casi era ya un bebé, pero sin balbuceos, regenerado para abrirme a nuevas vistas hacia el oeste, a las estaciones calurosas de mi nuevo destino donde me hallaré tal vez al final del día.

Al caer la noche fui por un instante solo latidos, y en otros momentos un viejo que me daba consejos delante del espejo. Que bellas son las noches cuando están poco alumbradas por la ciudad y de lejos ves los puntitos de luz discordes que tratan de emular su cielo, envidiosos y señaladores de destinos de multitud de hogares despiertos, de coches que pasan o de miles de faros y farolas que desde la distancia crean las líneas de los caminos.

Cuando llegó el final del día era de nuevo mi presente, mi yo más genuino, el que quiero siempre ser acomodado en los rasgos de mi rostro y con una mirada que ya no se pierde en la distancia, que te enseña el alma cada vez que me miras preguntándome: ¿a dónde vas?.

2 comentarios:

BLAS dijo...

Escribes muy bien.
Me gustó mucho.

Ahora, con tu permiso, voy a seguir buceando en tu blog. Espero que no te importe.

saludos blasianos.

Jose Francisco Delgado dijo...

Gracias por tu comentario y honrado con tu visita, espero sigamos viendonos por aqui.

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