lunes, 8 de febrero de 2010

El Loco


Nietzsche escribió en una ocasión: “El que lucha con monstruos debe tener cuidado a su vez de no convertirse en monstruo. Si miras mucho tiempo al fondo del abismo, el abismo terminará por entrar en ti”. Con ello trató de definir la locura o al menos una de ellas, quizás la mas traumática de todas.

El loco parece errante y perdido en un mundo como el nuestro que hasta que apareció Hipócrates se entendía como un fenómeno sobrenatural, en épocas en las que por algún síntoma de locura se recurría a la trepanación. Hoy se ve de forma natural cometer alguna locura, algo que es bien diferente a estar loco, pues de errores estamos hechos y algunos han sido por alocadas decisiones.

Todos los días paso por una calle donde hay un viejo apoyado en un muro canturreando, incluso a veces sin necesidad de ello escojo esa camino por retarme a verle, cuando paso a su lado hay tardes que me mira y otras que me ignora, y en ciertas ocasiones me dirige alguna frase incongruente, al menos para mí. Cuando mi presencia es ignorada por él suele ser porque anda ocupado aparentemente en entretenimientos manuales, como si en las manos tuviera hilos que hilar, o una caña de pescar a la que le colocar el anzuelo a pesar que donde vivo nunca hubo mar, pero queda entregado a su tarea la cual es mas de la mente, por lo que por ella debe sufrir mas que de sus articulaciones metódicas.

Su rostro me recuerda a los pintados por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, con la mirada perdida como si ella misma fuera el cebo con el que pescar, con lo que llamar la atención de alguien en momentos de lucidez.

Cuando paso junto a él y me señala, o me dice frases como sacadas de un libro abierto al azar le miro, y en esos segundos de contemplación asumo su locura como algo inevitable y perceptible al máximo, pero me da miedo en ocasiones porque me dejo herir por sus frases pues las dejo en mi cabeza y las giro hacia la dirección de mi propia vida.

Aún así lo que mas temo es el día que caminando por esa calle no esté, porque por alguna extraña razón necesito saber de su existencia, de que aquel lugar donde se encuentra esta ocupado por otro que no sea yo, y necesito de sus advertencias de sabio enloquecido para no buscar en los recovecos de mi alma sinrazones a la vida que voy llevando.

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