sábado, 6 de febrero de 2010

Amores en la España del XVII


En el siglo XVII en España logran sus objetivos o mueren por amor los últimos caballeros románticos de nuestra historia, donde eran mas importante la dignidad y el honor de lo que se cree o se quiere, que la propia vida. Eran épocas que el amor llenaba los espacios del día para el ocio y en los cuales el nombre de la amada era casi más importante que el del mismo Dios.

Dicen del conde de Villamediana que fue de los últimos en arriesgar su vida por amor, su anhelo no era otro que la misma Isabel de Borbón, esposa del rey Felipe IV. Dicho conde era osado hasta el punto de presentarse en una fiesta con el vestido bordado de reales y una divisa que decía valientemente: “mis amores son reales”, días después es emboscado en la calle Mayor de Madrid y asesinado con un estoque mortal en el corazón.

Eran épocas en las que era mas importante expresar el amor prácticamente hechizado y a veces incluso platónico que la vida, porque para que seguir viviendo si no se tiene lo que se ama bien porque no se sea correspondido o porque otro ocupe su lugar.

Los tiempos y la esperanza de vida han cambiado, y la experiencia nos enseña que hasta el amor mas atrevido y apasionado puede llegar a apagar su llama, ya no se muere por amor, ahora se muere tal vez por dinero. Y el mejor de los amores es el que se convierte en costumbre.

En el medievo además sea dicho que era práctica habitual que la dama hiciera de algún modo sufrir al hombre con esperas, con huidas y hasta con dudas. Una práctica habitual era el “assag” ceremonia íntima en la cual el hombre dormía con su amada pero sin derecho a poseerla ni a tener contacto carnal, solo a desearla sin sucumbir a los roces y aromas de bálsamos o perfumes.

Los más valientes poseían a las más bellas, aún con cicatrices que los afeen. Lo único que sigue siendo verdad hoy en día es que el amor nos quema y en ese fuego creemos morir si nuestras ansias no se ven colmadas, pero sabemos entender el “no” y pasar página si es necesario aunque quede un pequeño trauma.

Hoy cogeré mi espada y mi caballo y amaneceré guardando tu balcón como el centinela de tu amor, si alguien se acerca con el mismo embrujo que el mío desenvainaré la espada y honraré su tumba. Y si me invitas a tu lecho, nadaré en el oleaje de tus sábanas hasta alcanzar el éxtasis de esta eterna pasión.

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