domingo, 31 de enero de 2010

En la orilla, día veintitrés


La razón de que todo el mundo siempre quiera que le cuenten la verdad de las cosas es para no andar inútilmente por caminos que no llevan a ningún lado, pues tarde o temprano se habrá de desandar lo caminado, sobre todo si el propósito de lo falseado llego a buen término.

El ser humano ha creado unas normas morales que por conveniencia de todos es de buen ver que sean cumplidas, entre ellas está la de decir siempre la verdad. Pero si descubrimos el afán del ser humano para crear proyecciones de la vida y de uno mismo nos encontramos con que el ser humano es de incógnito y casi siempre amoral. “Las verdades son ilusiones de los que se han olvidado que lo son” decía Nieztsche, aunque el se refería a las verdades extramorales.

Hoy en mi orilla veo volar pájaros en bandadas de decenas que al unísono giran en los recovecos del cielo, y sin querer, o quizás queriendo me dibujan una sonrisa en mi rostro que permanecerá mucho tiempo, me siento libre aunque no sea cierto del todo, pero me creo libre y esa es mi verdad en estos días que van pasando.

Mis noches son la misma noche desde hace muchos días, se repite y ni la recuerdo porque han quedado relegadas a ser solamente templo de mi descanso. Son oscuras pero ya puedo iluminarlas, no recuerdo la noche que empecé a iluminar mis estancias solamente con el uso de mis manos, daban luz, y la daban por ti, aún es tenue y algo blanquecina pero el tiempo me dará la energía suficiente como para que de ellas broten haces multicolores.

Hoy no es un día gris, de nuevo simplemente es un día en el que estoy solo, y por ello aprovecharé estos momentos para conocerme mejor, y no olvidar nunca cual es la verdad de todo, mi verdad, lo que soy.

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