domingo, 24 de enero de 2010

En la orilla, día veintidós


Hoy me siento derrochador de una fuerza majestuosa y en su entrega, en su ímpetu demoledor he quedado apacible, como después de una tormenta el mar se muestra bonancible, sereno y esperando recuperar los brazos del titán que hay en mí.

En mi lucha he divagado, en extremado mi entrega en los términos de mi persona mientras debí hacerlo fingiendo ser otro, el que me hace proveedor de una calidad de vida pero me hace infeliz al mismo tiempo. Pero el arte del engaño no es el mío, lo es tan solo el de tratar de defenderse de el.

No se puede hacer una historia llena de personas virtuosas, ha de haberlas cubiertas de penumbra, de desmadres y de taras apropiadas para ser los seres infelices los que catapultan a los demás a su apropiado bien estar, a su felicidad sostenible.

He de seguir en la lucha por mostrarme, por terminar de completarme en lo que soy realmente, dejar las interpretaciones atrás y procurarme del despertar de los dones que siempre fueron míos y que temí mostrar por considerarlos baratos, o tan solo mal pagados en nuestra sociedad.

No hay desaliento en la lucha aunque habrá pausas que me permitan reunir lo aprendido para ofrecerlo en mis nuevos pasos, para ir quitando de mis ojos los mil velos que me inquietan y hallar sin derrota el punto de encuentro donde hace tiempo debí estar.

A lo largo de mi vida no he odiado a persona alguna, mis enemigos fueron atribuidos por ellos mismos pero yo nunca los designé, y he perdonado todo lo que me ha herido aunque es cierto que nunca he suplicado perdones a nadie.

Me veo avocado aun destino difuso como un río que desciende la montaña al mar sin forma de acabar de otro modo, entregando el agua dulce a la oscura profundidad de un mar salado.

Hoy siento que mi palacio deslumbrante se haya vacío, sin muebles que lo hagan confortable, sin paseantes bajo sus arcos, sin voces ni gritos de niños que correteen por sus pasillos.

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