lunes, 11 de enero de 2010

En la orilla, día décimo octavo


Hoy ha llegado a su fin la función y el telón cayó, pero el bufón de la teatral historia sigue vagando por el escenario a sabiendas y espantado de que su vida de arte y color llega a su fin.

La pintura de su sonrisa esta derramada por sus ropas y ya no quedan líneas de texto que recitar, nadie reirá de sus saltos y bufonadas porque el público se marchó, esta solo entre el telón y la nada.

Schopenhauer decía que el mal no existía como tal si no que más bien era la ausencia de algo, y la propia existencia de esa ausencia es el mal, el dolor que le llena a uno hasta convertirlo a uno en su propia sombra. Que este mismo dolor es intrínseco a la vida “que lo mejor de la existencia es su brevedad, de la que tan a menudo nos lamentamos”

Igualmente hablaba de los disfraces del dolor, y en mi lucha por el reclamo de los aplausos de una sola alma, elegí el de bufón, el de ser quien tu quisieras y honrar cada uno de tus deseos mientras simplemente me entregaba al juego de la ilusión, de la felicidad por saber que tu lo eras.

Pero mis ropas se fueron rasgando por otros mientras hacia mi papel, y llegué casi desnudo al final, descubierto y desconocido por el ritmo decreciente de tus palabras. Rapsoda y bucólico, sin gracia me encojo y en mi dolor me planteo la esencia de mi existencia, de este teatro lleno de encuentros y propósitos que hoy sin apenas aviso acabó su función.

¿Qué fue lo que hizo que construyera un mundo para ti? ¿Y que fue lo que me dio ese mundo después?, si al final de todo el culpable del sueño fue el soñador, el que eligió un solo camino y olvidó los demás.

El bufón sigue bailando y apenas hace ruido, se siente solo y con el alma rota, a veces gesticula, otras crea muecas llenas de melancolía, solo quiere despacio abrazar la locura mientras tararea dulcemente el nombre de su reina, la que ya no mira, la que ya no está.

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