martes, 15 de diciembre de 2009

Verónica y su caja de música


Viajaba de un tren no muy largo, creo que tras la locomotora solo había cuatro vagones y yo me encontraba en el segundo, estaba con la cara apoyada en la ventanilla mirando sin ver el paisaje verde y llano que se extendía en la distancia, la vía del tren parecía la espina dorsal de aquella meseta descubierta, no íbamos muy rápido.

El tren se detuvo dónde no pensé que lo haría, junto a un pueblecito arbolado, desde el tren se divisaban apenas seis casas y desde luego, como no, un campanario. Una mujer subió, los vagones estaban casi vacíos y decidió sentarse en el vagón donde me encontraba, unos asientos más atrás.

Su cabello era liso y moreno y su rostro me recordaba al de “La Mona Lisa” pero con otro gesto, menos misterioso y mas hermoso, su piel era blanca no como la nieve sino como la sonrisa de un ángel.

Dejé de mirarla ya que no me prestó atención, pero al rato un hilo de música recorría el tren, con una melodía calmada de acordes como pájaros que revoloteaban a mí alrededor, me volví a girar y vi como sujetaba con sus dos manos una caja de música dorada, ella dejaba la mirada entregada al paisaje.

Al rato me acerqué a ella y suavemente dejo caer su mirada en mí, me dijo que se llamaba Verónica y comenzamos a hablar, a enredar las palabras en el aire, a conocernos por cada segundo, a descubrirnos. Entregamos nuestras alas de la imaginación a contarnos historias pasadas, a reír, a disfrutar de cada paso que lleva de la piel de uno a la del otro.

Me dijo que lo que mas le importaba en la vida, sus ilusiones, se encontraban en la caja de música, dentro de ella y que me los mostraría en ese mismo instante, pero yo seguí hablando de mí, de mi camino, de mi destino, de la estación en la que me bajaría y de todo lo que pensaba hacer después, sordo el corazón estaba por una herida mal curada.

Ni siquiera leí en sus labios llenos de besos sus maravillosas ilusiones, tampoco escuché en que estación se quedaría, fui seda en su cintura y roca en el pecho. Me dio las palmas de sus manos y no le dí el calor suficiente.

Cuando llegué a mi destino me bajé, me despedí con un abrazo y en su rostro vi la decepción, no fue lo que quise dar de mí, sino lo que no tomé de ella.

Con los días mi herida fue curada, y podía escuchar de nuevo músicas que antes me pasaban inadvertidas, fue entonces cuando busqué y busqué la caja dorada que ella me había enseñado, pero no la encontré.

De vez en cuando vuelo a tomar ese tren y recorro los vagones esperando encontrarla y que me abra su caja de música, que me deje contemplar sus ilusiones, que me deje ver lo que no quise ver antes.

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