sábado, 26 de diciembre de 2009

La Bruja y las Tres Espadas (2 parte)


A veces los senderos tienden a confundirse con el entorno para no dejar el paisaje roto, para no elevar el contraste de la naturaleza, para acostumbrarnos a su belleza y quizás hacernos parte de ella.

Y así sus caminos se volvieron sinuosos y se llegaron a perder en la fina arena de los acantilados, la búsqueda de la morada de la hechicera empezaba a dejar pasar los días de una manera idéntica, sin un alma, los tres caballeros polvorientos turnaban el lomo de sus caballos con el pesado caminar en la arena blanda. Hasta las bromas de García habían ido despareciendo día tras día.

Fue en un acantilado redondeado por los golpes del mar donde vieron desde una grieta profunda como ascendía una columna de humo que llevaba olor a carne asada, bajaron de los caballos y trataron de avistar de donde provenía pero el sol de la tarde les cegaba, así que decidieron dejar los caballos al cuidado de García, el menos ágil, Diego y Gonzalo descendieron cuidadosos por la escalonada grieta. Mientras descendían por las piedras grises y azuladas el sol reflejaba la gama de colores del arco iris en el metal de sus armaduras, pronto llegaron hasta una repisa natural de hierba fresca, en el centro una hoguera y junto a ella alguien sentado recogía sus piernas con los brazos tapando su rostro encapuchado.

Despacio, torpemente se acercaron y quien allí estaba de un brinco se elevó, quedando su figura erguida y recortada por el cielo atrasado, ambos caballeros llevaron las manos a la empuñadura de su espada, pero no fue más allá de un amago, la capucha de ella cayó hacia atrás y su rubio cabello salvaje y una mirada de esmeraldas verdes quedó fija mirándoles, unos segundos eternos y después pudieron hablar.

Contemplaban su piel blanca mientras con sus manos de azúcar les explicaba quien era, su nombre era Lille, viajaba en busca de un objeto mágico y dijo en algún momento poseer un mapa, pero su historia que resultaba de lo más interesante se detuvo por tres razones, la primera porque García gritaba desde arriba preguntando si todo iba bien y fue contestado e invitado, la segunda porque el asado estaba en su punto y los estómagos también, y la tercera de ellas fue que el bello rostro de aquella dama se cubrió de un velo de tristeza.

Una vez las dos primeras razones de la interrupción fueron eliminadas, se abordó la tercera, y ella continuó con su historia, cuando partió en su viaje desde el corazón de una Francia alborotada lo hizo con su hermano Terr, dicho viaje fue siempre complicado como lo fue igualmente su vida desde niños, ya que por un mal padecido en su infancia Dios le había negado la armonía en las facciones, dejando deformidades no muy agradables en su hermano a la vista de los demás, a las burlas jocosas de un pueblo aburrido y sin ocio. La mañana del día anterior decidieron acercarse a una pequeña arboleda desde la que de lejos se apreciaban destellos, Terr era fuerte aunque mal formado, pero desde luego lleno de valentía y más por su hermana, así que decidió entrar el primero y explorar aquellas luces que entre las ramas de los árboles se escondían. Lo último que el rostro infantil de Lille escuchó fue un grito desgarrador que terminó de una forma seca, después de nuevo el silencio y las luces inquietantes seguían juguetonas detrás de la maleza.

La historia les dejó a todos perplejos e intrigados, ávidos de saber el lugar donde se encontraba dicha arboleda, ella les dijo que estaba allí mismo, tras un pasadizo entre las rocas allí se encontraba, confesó entre lágrimas delicadas que había decidido preparar aquella comida para atraer a los que hambrientos pasaran por el lugar y pedirles ayuda para rescatar a su hermano. Los tres aventureros convinieron que la búsqueda de su hechicera podía esperar y decidieron ayudarla.

Cuando el alimento del atardecer aplacó sus estómagos se adentraron en el pasadizo los tres guerreros, al final ya era de noche y la luna redonda alumbraba aquel pequeño llano, en el centro la arboleda levemente agitada por el viento, y quedaron absortos del baile de las luces que desde ella salía, se apreciaba en al distancia pero de un modo muy lejano una música, un melodía que se repetía.

Se acercaron, los tres y planearon que García quedase fuera, y al menor ruido entrase en su ayuda, Gonzalo tomó el escudo y la espada quedaría en la retaguardia, y Diego desenvainó su espada mientras en la otra mano llevaba una antorcha. No hubo nada que pensar, y sus pasos les llevaban hacia la arboleda.

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