miércoles, 23 de diciembre de 2009

La Bruja y las Tres Espadas (1 parte)


El periodo de “La Guerra de los Cien Años” los reyes de Inglaterra y Francia se entregaron a numerosos conflictos armados, realmente fueron 66 años de guerra y 55 de tregua, en los cuales la guerra fue por la conquista de cada feudo, de cada rincón de poder, buscando dentro de las ramas familiares las sucesiones mas poderosas. El Reino de Castilla tomó parte donde finalmente fue Francia la victoriosa, aunque algún lugar recóndito quedó en manos de los ingleses, como Caláis, y fue allí en el mismo estrecho de Caláis donde comienza esta historia.

Una noche silenciosa agujereada por la luna abierta estremecía con el viento los acantilados oscuros, que a los lados del camino llamaban al que seguía sin descanso buscando un lugar para dormitar, para calmar el dolor de tripas del hambre disimulada por el pan duro de las alforjas.

Y junto a una hoguera de llama enorme fue, en una encrucijada donde el destino hizo coincidir a tres caballeros de escudo noble y a un ermitaño de los de tres piernas, siendo la tercera un bastón viajero y viejo como él. En la pared rocosa del oeste donde el relieve recreaba la forma de un oso se proyectaban sus sombras gigantes, unas a veces en tierra y otras paseantes pero todas involucradas en una interesante conversación.

Uno de los caballeros el de porte mas elevado y mas emplumado que los demás atendía la narración mientras con dos dedos peinaba fino su bigote su nombre era Gonzalo Rivera y en su escudo azul figuraban dos alas blancas, pero fue otro de los presentes García Bernal, el mas orondo, quien interrogaba al anciano orador con preguntas sobre lugares y hechos acontecidos. El tercer caballero era el mas taciturno, de gesto serio y ojeras elegantes, su media melena alborotada le ocultaba mas, le hacía parecer que estaba al margen de lo hablado, pero no era así, su interés era el mayor, y el mas crédulo, aferrado a la empuñadura de su espada escuchaba al detalle todo cuanto se decía, su escudo era de rojo vivo con un rostro de mujer de perfil, su nombre era Diego de Leza.

El errante invitado varió en sus historias pero fue la que hablaba de la Bruja de Caláis la que llamó mas la atención de todos, y que a algunos les fue antes insinuada en alguna taberna o antro sobre el hombro suave y embaucador de alguna doncella que buscaba meter la mano en su bolsa. La historia contaba entre alardes y verborreas floreadas la existencia de una mujer madura que en algún lugar del norte del paso de Caláis se dedicaba al las artes del hechizo, pero no en las personas, si no a través de los objetos que mas amaban, era capaz de imbuir en el metal sentimientos y trasladarlos de ese modo donde fuese, incluso que dichos objetos manisfestaran algún tipo de contagio sobre el sentimiento acumulado.

La noche se hizo breve con tanta dialéctica empleada, y con el aire de la mañana la polvoreda del camino se llevo al ermitaño caminado en sus tres piernas como un diablo agarrotado, con una sardónica risa que el mismo viento matinal dejaba silenciada.

Como siempre en la vida se pudo elegir la montura apropiada y seguir cada uno por su camino, pero no fue el caso, ya que los tres caballeros acordaron cabalgar juntos y buscar en los caminos del norte el lugar donde la hechicera pudiera estar.

Durante días cabalgaron juntos y cada uno contó de sí mismo lo que quiso dar a conocer, fueron forjando una amistad según se abrían y explicaban sus orígenes, y un día alguien preguntó: “¿Qué es lo que mas amáis compañeros? ¿De que nunca os desprenderíais?”, el primero en responder fue García, y sujetando con las dos manos el mandoble dijo esta es mi señora, socarrón sonrió, su espada era su bien mas preciado era su vida, su defensa y su ofensa. Gonzalo con mirada de añoranza explicó que lo que más amaba eran sus tres hijos, su esposa dejó el mundo por las fiebres del invierno y en ellos, en cada gesto la volvía a ver.



Diego finalmente quiso contestar después de las numerosas peticiones de los otros dos caballeros confesos, y mirando a ningún lado dijo, lo que mas amo en este mundo y amaré responde al nombre de Lorena, es el nombre de mi espada, pero sobre todo es el nombre de la mujer a la que entregué mi cuerpo y alma. Y fue uno de sus compañeros, el de mas afinada voz quien le preguntó: “¿y ella os espera?”

El sudor del caballo hacia resbaladiza su piel, y su cansancio era evidente, decidieron detenerse, Diego bajando del caballo se giró y con la mirada empapada de furia contenida habló: “no, ella no me espera, mi mirada a penas alcanza a verla y su amor es de otro, pero lo que siento me pertenece , así como mi sueño y mi angustia, algún día podré adorarla desde tan cerca que pueda sentir el latido de su corazón en la delicada piel de sus labios”.

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