sábado, 12 de diciembre de 2009

En la orilla, día décimo primero


El mecanismo de los relojes es y debe ser exacto, cada engranaje ha de hacer su función. Hubo quien antiguamente medía el tiempo quemando algo, de modo que para medirlo siempre se quemaba la misma cosa, el mismo objeto.

Hoy siento que el mecanismo de mi reloj esta roto, alguna pieza en algún momento se partió y aunque sigue andando y tratando de medir el paso de mi vida, no lo consigue, se detiene, ralentiza a veces mis momentos y otros los pasa rápidamente.

Leo unas palabras, y mis ojos ven otra realidad, una realidad que enajena mis pensamientos. En la orilla sigo mirando al frente, esperando una respuesta del horizonte, las noches son frías y los días hielan mi alma, solo escribo con una vara de madera palabras sueltas en el mar que en décimas de segundo desaparecen.

No me entiendo, creo que me quise demasiado cuando no era nada y ahora que me construyo de nuevo no me quiero, me veo extraño, me veo débil y deforme.

Mi reloj no tiene dos manecillas, tiene mil, y me pierdo en el tiempo, consume mi carne llena de sentimientos y me frena para avanzar. Tuve la fuerza de un Hércules, y ahora apenas la de una brisa que peina tus cabellos, que mueve un veleta de papel que apunta a ningún sitio.

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