martes, 29 de diciembre de 2009

En la orilla, día décimo cuarto


A alguien le dije recientemente que mis mañanas eran de mermelada, mis tardes de leño seco recién quemado y en las noches simplemente no estaba, porque me evadía y me envolvían sueños de nada entre sábanas arrugadas de otros días.

Pero cada día sigue igual, confundido, insípido, lo mismo que la tarea del filósofo es deshacer nudos yo trato de deshacer los míos sin el acierto y el avance esperado.

Creo palabras, como brochazos verbales en el lienzo de mi presente, no veo al lenguaje como un intermediario contigo que me lees, si no más bien el contexto de mi presencia, de mi proyección para estar a tu lado, para verte por un momento acicalando tus ideas y permitiendo que tímidamente muestre las mías.

Hoy me confunden muchas cosas, y siento que las palabras ya no pesan como lo hicieron antes, ahora cada silaba es una pluma que vuela sin rumbo y deshace la frase que una vez se dijo, y aprendo de mi confusión tratando de desatar esos nudos, tratando de ser lo que todos buscan, lo que tu buscas, pero no puedo.

Hoy sigue la niebla densa y tras ella tu voz errada, pero me dice lo que no puedo llegar a entender, lo que no me lleva hacia ti, y prefiero el silencio quieto, que una ilusión comprada.

A alguien le dije recientemente que mis mañanas eran de mermelada, mis tardes de leño seco recién quemado y en las noches simplemente no estaba, porque me escapaba para verte desde el escondite de mi confusión, y te veía danzar ágil mientras las monedas tintineaban a tus pies alfombrando cada uno de tus pasos y dañando tu piel de fina seda, en una mirada te interrogué para sanarte, para lavar desde tus talones tu bella figura pero tu no quisiste. Tú querías seguir escuchando el metal sobre tu suelo.

Con los bolsillos medio llenos sigo viendo tu baile, tu agotada juventud, pero no sé hasta que noche será que llegue a ti, a mirarte y a respirar del aire de tus respuestas.

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