lunes, 21 de diciembre de 2009

El baile de Laura


Nunca supe bailar, o pude pensar que algún día mi cuerpo fuera la parte del sueño de verte mover con la dulzura de las formas multiplicadas, al ritmo de una música que nos quiso poseer, y dejamos de ser la carne para ser el aire.

Laura quieta era elegante, inmóvil era Degas en un cuadro de bailarinas blancas, sin su movimiento Laura era la piedra del escultor.

Pero vibró el entorno comenzando una música a llenar cada rincón, y ella ligera empezó a volar sus brazos de sal, su cuerpo de arroz, su rostro digno, de estimulada sonrisa decía que sí a cada tono, entregada a la danza con la gracia de la salsa, sus piernas volvían y jugaban confundiendo la distancia.

Y se acercó a mí mostrándome un ángel en sus manos, invitando mis impulsos al abrazo del baile, y la tomé por su cintura girando y dibujando la corona de una reina, en la piel de mi mano abierta el agua de la suya me guiaba y me entregué primero a su caja de ritmos, a su pecho de flores, me llevó por su figura llena colores.

Y quise ser yo el que dominara su vuelo perfecto, traté de extenderme hasta ella, de tensar la cuerda de tan bella imagen y atraerla hasta mí, y nos quemamos con el fuego mientras mis manos acariciaban su garganta y en su cuerpo el diablo más tierno movía sus caderas.

Bailamos por un línea que separaba el cielo del infierno, y según me asomaba a cada lado no sabía cual elegir, pero ella fue quien lo hizo, quien mantuvo precisa nuestro cortejo y me dejó en el mismo centro del universo.

Cuando la música cesó no quedó nada, el calido sudor del cuerpo recreado, el alma sin paz pero rendida y una Laura de nuevo estática y hermosa.

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